Docán: El secreto del valle (1)

“No existe la justicia, cada persona tiene un punto de vista propio y debe actuar en consecuencia.”

 

El viento se había levantado con especial fuerza aquella mañana de otoño. En el valle del río Alión reinaba el silencio muy a menudo, consecuencia clara de los ataques que los bandidos propiciaban semana tras semana en las aldeas que se habían formado allí, de las cuales ya solo quedaba una habitada, a la orilla del río.

Había dos caminos medianamente seguros para cruzar las montañas sin riesgo de morir en el proceso, pero desde que corrió el rumor de los ataques a los pueblos del valle, pocos viajeros o más bien ninguno se molestaba en pasar por allí para acortar el trayecto de sus travesías poniendo en riesgo su vida.

Con el tiempo los pueblos se convirtieron en ruinas, en las cuales no quedaba más que madera carcomida por la humedad y casas quemadas por los bandidos.

Pese a las penurias que habían sufrido, en Ruedd, el pueblo que había sido más prospero en el valle, todavía quedaba una pequeña chispa de vida, pero cuando la desesperación de los escasos habitantes se encontraba en su momento más crítico, el sonido de los cascos de un caballo en la calzada empedrada llamó su atención, pues jamás había aparecido un bandido solo.

 

-Que hedor… -La persona que iba sobre el caballo arrugó la nariz. -Este pueblo es mucho más grande que el resto… -Se quitó la capucha de la cogulla negra que lo cubría, dejando su oscuro pelo suelto llegando hasta el cuello.

El caballo gris con motas negruzcas paró frente a un edificio de tres pisos, con contraventanas de madera podrida adornadas con hierro y bronce, que en la planta baja tenía dos puertas de entrada y dos de salida, lo que dejaba ver el tráfico de personas que había tenido ese edificio antaño. El viajero se entristeció al ver como al igual que el resto de ruinas del valle, ese pueblo había sufrido un destino que no se merecía. Lentamente bajó del caballo y en las arrugas de su rostro dejó ver un pequeño atisbo de nostalgia.

-Fero… -Acarició el lomo de su caballo y ajustó bien la silla de la cual colgaba su espada enfundada, las alforjas y dos cabezas humanas, una con el pelo rubio largo y la otra con una cicatriz en la mejilla y sin pelo. -No tardaré mucho ahí dentro… -Miró a ambos lados del edificio y no vio ningún poste para atar las riendas del caballo. -Si ves algo haz ruido, y saldré tan rápido como el viento. -Continuó acariciando al animal hasta quedar frente con frente, y apoyó su rostro sobre el del caballo.

Desató las dos cuerdas que unían su espada a la silla de montar y se echó el arma al hombro. Con pasos tranquilos y silenciosos avanzó hasta una de las puertas de entrada y la empujó lentamente con la mano, haciendo que rechinase por todo el lugar, hasta que en un punto la madera sobre la que estaban las bisagras cedió y la puerta cayó al suelo levantando mucho polvo. -Pues si que empezamos bien… -Sacudió la mano y cuando el polvo volvió a caer entró dentro.

En el interior de la taberna se podía apreciar una hermosa escalera de caracol hecha de metal, que unía las tres plantas desde el centro del salón, en el cual la sangre y el mobiliario hecho astillas sugerían que allí había habido una confrontación seria, lo que llevó al hombre a agudizar sus sentidos en busca de algún espíritu que todavía pululase por el lugar. Desde que había entrado en el pueblo, el viajero no había visto a ninguna otra persona, por lo que dedujo que estaba deshabitado. El hombre cerró los ojos y concentrándose pudo percibir el sonido de una respiración. -¿Más bandidos? -Dijo para sí. -Entrecerró los ojos y tornó el semblante serio.

Se quitó la cogulla de encima y la echó sobre una mesa que todavía estaba entera, mostrando unos ropajes largos, sin mangas de color verde oscuro con bordados de oro en los botones y bolsillos.  Agarró la espada enfundada con ambas manos se hizo notar. -No sé qué o quién serás, pero si me haces buscarte, puede que nadie te vuelva a encontrar… -Su espíritu guerrero se encendió ante la expectativa de un rival digno y golpeó una mesa con fuerza, rompiéndola contra la que tenía al lado.

De detrás de la barra donde se servía en la taberna apareció un hombre demacrado que convulsionaba despavoridamente. -Po…po…por favor. -Tartamudeó. -No… no… tenemos nada más…

Al ver a aquel hombre vestido con una cortina raída y mal cortada, el espíritu guerrero del viajero se apagó de golpe, dejándolo fuera de sí.  -Lo siento mucho… -Respondió abatido. -No sabía que en esta ruina vivían personas todavía… -Miró las dos mesas que acababa de destrozar, y pese a estar el establecimiento destrozado por completo sintió lastima.

-¡Apártate de Leo, -La voz de un anciano sonó desde la puerta. -o te las verás con mi pala!

Sosteniendo una pala oxidada entre sus huesudos dedos, un hombre canoso y encorvado miró al hombre de pelo largo aparentando furia, pero el temblor de sus piernas no apoyaba su postura.

El viajero no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Aquellas personas tenían más en común con los muertos vivientes de los cementerios abandonados que con los vivos, pero allí estaban, luchando por seguir respirando un día más.

-Cálmate padre, -le espetó al anciano. -si fuera un bandido ya nos habría matado.

-No te fíes de él, he visto las dos cabezas que cuelgan de la silla de su caballo !Todavía gotean sangre!

Ante las acusaciones, el viajero volvió en sí y se levantó, dejó la espada apoyada junto a la cogulla y recogió un taburete que no parecía roto del suelo. -Es normal que todavía sangren, me encontré a sus dueños al amanecer, bien temprano. – Lo colocó junto a la barra de la taberna y se sentó. -Venían por el mismo camino que yo, junto a otros cinco jinetes bastante agresivos. -El anciano se acercó a ver la cogulla y la espada del viajero y se aterrorizó al ver en las tablas del suelo como se había formado un charco con la sangre que caía de la prenda del hombre desconocido. -¿Tenéis algo de comer o beber en este lugar? -Le quitó importancia al gritó que dio el anciano y cuando a este se le cayó la pala de entre las manos, el viajero cerró los ojos y suspiró.

-¿Que… pasó… con los cinco jinetes? -Preguntó el hijo del anciano temiendo la respuesta.

-¿No te lo imaginas? -Abrió el ojo derecho y giró la cabeza hacia el charco de sangre que miraba el anciano. -No temáis… no tengo intención alguna de haceros daño… -Las palabras de aquel hombre no calmaron el terror que había sembrado en los corazones de aquel padre y su hijo. -Lo volveré a preguntar… ¿Tenéis algo de comida y bebida?

 

Un par de horas después, los tres hombres habían conseguido apartar sus diferencias y seguían allí, bebiendo juntos el licor más famoso del valle.

-Nosotros llamamos a este licor… Dragón Azul… por su sabor, sus ingredientes… y sobre todo -Eructó sonoramente. -su elaboración. -A Leo le gustaba oír a su padre hablar de su especialidad, ya que su familia era la única que sabía prepararlo, al igual que fue la única que se quedó en Ruedd después de los incesantes ataques de los bandidos.

-Verás…-El alcohol hacía que Emet hablase de una forma graciosa. -¿Como decías que te llamabas, viajero? Bah, da igual. -Bebió lo poco que quedaba del líquido azulado que tenía en la jarra y se secó los labios con la manga de su camisa echa de un saco de patatas. -Ah… -Respiró aliviado. -Este pueblo hace años era visitado por gente de todo el continente ¿sabes? Desde la costa sur, de los afamados pescadores de tiburones ancla, hasta las montañas del norte, en las que viven los criadores de cuervos gigantes. -Le invadió un aire de nostalgia. -Pero nadie, ¡NADIE! nos ayudó a expulsar a los bandidos de las montañas que forman el valle. -Golpeó la madera sobre la que estaba apoyado. -Según escuché, todos los reyes que querían estas tierras acordaron que ningún ejercito podía acercarse a ellas, para no romper los acuerdos de paz que tenían entre ellos, dejándonos abandonados a nuestra propia suerte. -El anciano arrugó el rostro y sin poder evitarlo empezó a llorar mientras su hijo, que no había bebido nada más que una pequeña jarra intentaba consolarlo.

El viajero se mantuvo en silencio acariciando su barba de poco más de una semana, analizando cada una de las palabras que había escuchado sobre el motivo de la desgracia del valle y movió un poco su jarra, para ver las ondas azules que formaba el licor en su interior. -Vuestro “dragón azul” es una verdadera delicia, ciertamente. -Se terminó de un trago el licor y dejó la jarra suavemente sobre la barra. -Tendréis que darme un barril de esto cuando acabe con esos bandidos. -Se levantó del taburete con expresión cansada, rascó su barba y fue a recoger sus cosas.

Al escuchar las palabras del hombre de pelo largo, Emet levantó la cabeza y gritó. -¡Estás loco! -Se incorporó en su silla. -¡Esos bandidos a los que mataste no eran más que una avanzadilla!¡En su campamento debe haber como medio centenar!

Ignorando las palabras del anciano, el viajero volvió a cubrirse con la cogulla y sujetó con fuerza su espada por el centro. Cada vez que su piel rozaba la vaina negra de aquel arma la imagen del poder que albergaba en su interior aparecía en su mente por un momento.

-Leo y Emet ¿verdad? Me encargaré personalmente de que podáis seguir fabricando esta delicia durante muchos años más. -Caminó hacia las puertas de la taberna, se detuvo un momento y giró la cabeza. -Antes me habéis dicho que tu mujer e hija también viven aquí ¿No? Decidles que vengan a este edificio, y procurad no salir por la noche hasta que salga el sol.

El hombre sacó de un bolsillo una cinta blanca, se hizo una coleta en la parte superior de la cabeza dejando algo de pelo suelto hasta el cuello y salió del lugar pisando la puerta que esa misma mañana había roto sin querer.

Desde el interior de la taberna pudieron escuchar cómo se subió al caballo y salía del pueblo a toda prisa.

 

-Tal y como imaginé… -A las afueras de Ruedd, tras una roca situada en una elevación del camino, el viajero esperaba pacientemente al amparo de la noche a sus invitados, para los cuales tenía una grata sorpresa. -El pobre hombre al que dejé malherido debió llegar a su escondrijo… -Sonrió mientras escuchaba en la lejanía del valle el trote de los caballos que galopaban a toda prisa siendo fustigados con fuerza por sus jinetes.

Su espíritu guerrero se encendió asustando a su caballo y provocando que a su alrededor se formase un aura aterradora, pero pese a ello no quiso despertar el poder de su espada, pues sabía que su arma merecía enemigos más dignos que medio centenar de bandidos. -A ver qué tal os portáis… -Desató las cabezas que llevaba colgadas de la silla de Fero y las colocó en el suelo. Abrió las palmas de las manos y de su cuerpo comenzó a emanar un aura verdosa y azulada que desprendía una luz tenue. -Faarum aarc debram… -A cada palabra que pronunciaba su aura se volvía más brillante, sus ojos se volvieron del mismo color que esta y cuando dijo la tercera, las cabezas empezaron a flotar en el aire. -¡Shun la nar! -Su caballo echó a correr, pero no le preocupó, pues suponía que volvería en algún momento.

El viajero extendió una mano para tocar cada cabeza y por su cuerpo recorrió la energía que poco a poco formó dos torsos espectrales bajo los cuellos de las cabezas cortadas, hasta terminar formando espectros completos de los bandidos muertos. Segundos después de retirar sus manos de los espectros, vio con una sonrisa pícara como se formaban armaduras fantasmales sobre los seres que acababa de conjurar. Cuando estuvieron completos, los dos soldados se arrodillaron sin mediar palabra.

-No dejéis a nadie con vida. -Esas fueron las órdenes que les dio su amo sin contemplaciones.

Los espectros se incorporaron y alzaron sus brazos, invocando cada uno las armas que poseían en vida. El que tenía la cabeza de pelo largo invocó dos dagas, por otro lado, el que tenía una cicatriz materializó un arco. Acto seguido ambos desaparecieron de allí y aparecieron en la calzada empedrada, sobre la cual no tardarían en pasar los bandidos. Aquellas almas sedientas de sangre no esperaron un solo momento y se volvieron a desvanecer para aparecer esta vez en frente de los bandidos.

Los jinetes, que llevaban alguna que otra antorcha vieron frente a ellos a dos cuerpos iluminados de color verde azulado y antes de que les diera tiempo a asombrarse, sus monturas se descontrolaron, pues tenían un miedo irracional ante los seres mágicos y espectrales.

-Las pobres gentes del valle han sufrido un tormento mucho peor que la muerte… -El viajero sostenía su espada entre las manos y al escuchar los gritos de los bandidos habló para sí. -Creo que estáis pagando un precio más que justo… -Recordó el dolor con el que cargaban Leo y estuvo tentado de desenvainar la espada en la que estaban sellados los cinco monstruos Raknashi, pero optó por seguir acariciando cada uno de los cinco dibujos que tenía tallados la vaina y esperar a que sus invocaciones hicieran su trabajo.

Entre la confusión, los espectros empezaron un baile de muerte siguiendo las órdenes de su amo, y no tardaron mucho en dejarlo todo sin vida. Mientras uno atravesaba los cuerpos con sus flechas, provocando que aquellos a los que alcanzaba ardieran entre llamas espectrales, el otro cortaba los cuellos tanto de las monturas como de sus jinetes, en una sincronía perfecta que acabó con un valle lleno de cadáveres iluminados por la luna.

Ningún bandido fue rival para los espectros, que volvieron a su amo después de perpetrar una masacre. Al aparecer frente a él, vieron cómo dormía despreocupadamente y continuaron con la tarea que él mismo les había encomendado, “No dejar a nadie con vida.”

El espectro arquero deslizó los dedos sobre la cuerda de su arco y creó una flecha fantasmal, que dirigió hacia su amo.

Antes de que el primer rayo de sol saliera por el horizonte disparó la flecha con todo su poder, y esta desapareció en el suelo donde una fracción de segundo antes dormía el viajero.

Al no entender ni notar donde había ido los espectros giraron la cabeza, y el hombre vestido con una cogulla negra que olía a sangre agarró sus cabezas con fuerza.

-No sé porqué… -Miró expectante como los espectros intentaban resistirse a su poder. -Pero siendo fragmentos de mi alma ya deberíais saber que eso no iba a funcionar…

Usando el poder que había despertado esa misma noche, absorbió los espíritus de los espectros, que se desvanecieron dejando las calaveras sin rastro de la piel que tenían antes de ser usadas. Al consumir su poder, aplastó con las manos desnudas los cráneos que ya habían cumplido su cometido y se quedó quieto mirando cómo salía el sol por el horizonte.

 

Después de comunicar a la familia de Ruedd la noticia sobre los bandidos, el viajero llenó sus alforjas de comida y bebida suficiente para llegar hasta su próximo destino, pero para no maltratar a su caballo, prometió no subirse en él hasta que no hubiera acabado el pequeño barril de Dragón Azul que le habían entregado, que además poseía el sello de aquel pueblo, un puente con una jarra de cerveza en su arco.

-Hablaré con todo el que pueda sobre este valle, -Sonrió. -y sobre el fin de los ataques de los bandidos también.

Leo, su mujer y su hija no podían dejar de llorar de felicidad.

-Y la próxima vez que vengas, esto tendrá mucha mejor pinta, -Sonrió Emet. -¡Dalo por echo!

Secándose las lágrimas, Leo se apartó un momento de su familia, y mientras el viajero terminaba de subir las provisiones al caballo, cogió la tela de su cogulla. -¿Podríais decirnos el nombre del héroe que ha salvado nuestras vidas?

El viajero miró al frente y suspiró. -A lo largo de mi vida me han llamado por muchos nombres, pero el que me puso mi amada madre al nacer fue Docán. -Dicho esto azotó levemente la pata trasera del caballo y se fue sin mirar atrás.

 

SI HAS LLEGADO HASTA AQUÍ, TE DOY LAS GRACIAS POR LEERLO, ESPERO QUE TE HAYA GUSTADO Y COMO SIEMPRE, ESPERO TU OPINIÓN Y APOYO.
¡HASTA LA SEMANA QUE VIENE!

 

PD: Podéis encontrar las imágenes que uso para publicar en https://pixabay.com/

2 comentarios sobre “Docán: El secreto del valle (1)

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