A la luz de las velas

Dedicado a una pareja que  es muy especial y me ha enseñado mucho , Ainhoa y Álex.

 

-¡Ha sido culpa tuya!- Gritó Lanai señalando con el dedo a su amigo.

Al terminar la tarea de sus respectivos hogares, los dos niños solían juntarse para salir al puerto a ver como zarpaban grandes barcos, pero aquel día Aaron tenía un plan diferente. Llevó un trozo de pan recién hecho para atraer a las gaviotas e intentar capturar una usando un cordón de los zapatos junto a una rama, con la que esperaba atrapar la pata de una de ellas.

El resultado fue diferente de lo esperado. Las gaviotas bajaron entre graznidos para comer el trozo de pan que había tirado en medio del muelle, pero mientras discutían cual de todas le daría el primer bocado, Aaron erró el lanzamiento y golpeó a una en el pico, lo que hizo que toda la bandada se les echase encima.

-Lo siento… -Dijo Aaron más preocupado por las heridas de su amiga que por las suyas.

Cuando las aves se abalanzaron sobre los niños de ocho años, estos salieron corriendo despavoridamente saltando todo tipo de obstáculos que había por el muelle, barriles con agua dulce, redes, aperos de pesca y de más. Cuando perdieron de vista a las agresivas gaviotas siguieron corriendo más allá, hasta llegar a la parte del muelle que estaba prohibida para todo el mundo.

-Pues si que tienen mal genio esos pájaros… -Balbuceó Lanai con la respiración acelerada mientras se colocaba cada rizo negro en su sitio.

Aaron no le prestó atención, pues estaba ocupado acariciando la valla de madera que impedía el paso al muelle prohibido.

-Deja eso ya… -La chica empezó a indignarse.

-¿Porque? -Preguntó serio mientras se ajustaba los pantalones que le quedaban un poco grandes.

Ambos llevaban siendo amigos desde siempre. Él sabía que en el fondo Lanai era una chica valiente que soñaba con pasar largas campañas en la mar, ya fuese pescando, viajando o haciendo lo que fuese, mientras eso le permitiera viajar por todo el mundo. Ella por el contrario conocía el carácter curioso y aventurero de Aaron y también era consciente de que su sueño era ser un gran buscador de tesoros conocido por todo el mundo.

-Voy a entrar. -Dijo Aaron con firmeza.

-No digas tonterías, si te falta hasta el cordón del zapato…- Intentó disuadirlo pero se asombró al ver como sacaba de su camisa blanca, sucia y arrugada, el cordón atado al palo que había empezado la trifulca con las gaviotas.

-¿Decías?

Cuando terminó de atarse los zapatos, Aaron empezó a trepar la valla, y su amiga entre suspiros de desaprobación lo siguió.

Al otro lado no había más que un barco tan grande como un galeón, pero estaba viejo y muy deteriorado. Pese a seguir en el puerto de la ciudad, allí hacía más frío, y los niños se asustaron al escuchar como rompía una de las olas con fuerza a lo lejos.

-Vale, ya lo hemos visto, ahora… -La chica de pelo rizado desistió al ver como el muchacho seguía sin hacerle caso y subía por la escalera de madera más cercana.

-Vamos a echar un ojo al camarote del capitán.

Cada paso que daban sobre las tablas del barco hacía que estas crujieran y por ese motivo los dos avanzaron con mucha cautela. Desde cubierta el barco parecía no haberse movido en mucho tiempo, el moho y la carcoma habían destrozado todos los embellecedores del mástil principal, y el timón se había caído por su propio peso. Lo único que no parecía de aquel navío viejo y roto eran sus velas, que estaban bien amarradas en sus respectivas cuerdas.

Por extraño que fuese, el camarote del capitán tenía la llave en el interior de la cerradura, algo que Aaron agradeció enormemente. Se acercó a toda prisa, lo abrió y una fuerte sacudida del oleaje movió el barco con fuerza, haciendo que los jóvenes cayesen dentro del camarote a la vez que este se cerraba con un fuerte golpe. El chico se las ingenió para sujetar con fuerza las manos de Lanai en todo momento entre las suyas a la vez de coger la llave con los dientes.

-¡Ya vale de golpes! -Gritó Lanai. -¡Jolín!

Antes de que terminase de quejarse su amigo ya se había levantado, y cuando los dos se percataron de lo que había a su alrededor en sus rostros se dibujó una expresión de satisfacción absoluta. Mirasen por donde mirasen aquel lugar estaba repleto de joyas y oro, en las paredes había colgadas coronas y collares con piedras preciosas, en el suelo, cofres abiertos con lingotes de oro resplandeciente. En el centro de todas las aquellas riquezas había una mesa circular bastante pequeña con dos velas, una a cada lado de una esfera de cristal que Lanai tocó al verse atraída por su forma tan pura y diáfana.

La esfera le mostró unos ojos marrones con trazas verdosas sobre la parte exterior, unos ojos que conocía más que de sobra. Se giró levemente y por la poca luz que se colaba entre las ventas que iluminaban el camarote pudo ver el rostro de su amigo como no lo había hecho antes.

A la vez que la chica se ruborizaba, una de las velas que había sobre la mesa se iluminó de forma tenue.

Aaron se percató del destello que emitía la vela y fue rápido con su amiga. -¿Estás bien? -Le dijo mientras agarraba su mano.

La luz de la vela se hizo más intensa cuando Lanai sintió el roce de sus dedos y se llevó la mano libre al pecho.

-He tocado esa bola y… -La vergüenza le impidió decir una sola palabra más.

Aaron soltó lentamente su mano y se acercó a la esfera cristalina iluminada por la luz de una vela. -No veo nada… -Dijo mientras movía su cabeza de un lado para otro intentando buscar algo en su interior. -Quizás… -Acercó su mano y la tocó.

Al hacerlo, en el interior del cristal se formó la imagen de dos ojos con pestañas cortas, marrones, intensos y hermosos. Pese a haberlos visto en miles de ocasiones esa fue la primera vez que sintió que un escalofrío recorría su cuerpo acelerando su corazón a la par que la segunda vela empezaba a iluminarse débilmente.

Sin darse cuenta de lo que estaba ocurriendo se giró, y al ver en la tímida mirada de Lanai esos ojos que habían despertado su corazón se ruborizó al igual que su amiga, haciendo que la segunda vela se encendiera con más fuerza aun que la anterior.

-De… deberíamos irnos de aquí… -Fue lo único que el nudo que tenía en la garganta le dejó decir.

Sin mediar palabra ambos marcharon dejando las dos velas encendidas sobre la mesa del capitán, en una sala donde había una fortuna en joyas y oro de la cual no cogieron nada.

Pasaron catorce años desde aquel cruce del destino durante los cuales ambos siguieron sus propios caminos. Lanai se hizo un nombre respetado por todo el mar como la embajadora del Rey, lo que la mantenía fuera durante largos meses de travesía. Gracias a su espíritu y coraje, Aaron se hizo caza tesoros, y se dedicaba a explorar islas lejanas en busca de botines exóticos que luego vendía para mejorar su barco y tripulación.

Poco después de hacer puerto en su ciudad natal, a la capitana Lanai le concedieron unas semanas de descanso. Llevaba de acá para allá durante demasiados años sin parar expandiendo las rutas y acuerdos comerciales del reino, y el Rey, después de entregarle las escrituras de su nueva hacienda le pidió que se tomase un tiempo para disfrutar de su hogar.

Una tarde de tormenta Lanai decidió salir a pasear bajo la lluvia como hacía cuando era niña. Siempre había pensado que eso daba buena suerte. Esa misma tarde atracó en el muelle un galeón inmenso, del cual sus tripulantes bajaban decenas de cajas mientras su capitán, vestido únicamente con pantalones acampanados blancos, bajaba dando saltos de alegría tras el enrome botín de su último viaje, y como era costumbre para él fue directo al barco del muelle prohibido para ver si su amiga le había respondido ya a la carta que dejó allí antes de partir.

Desde que se separaron sus caminos los dos jóvenes habían pactado mantener correspondencia, y la forma que encontraron más segura era dejar cartas sobre la mesa en la cual seguían estando las velas encendidas iluminando con fuerza el lugar.

Aaron saltó la valla con mucha facilidad. Los años le habían vuelto un hombre fuerte, ágil y curtido.

Escaló hasta el camarote del capitán y su corazón se aceleró como cada vez que veía desde fuera la luz de las velas encendidas, pues sabía bien que ardían por el amor que sentían el uno por el otro, amor que no se había apagado después de tantos años.

Se secó la melena castaña que llevaba mucho sin cortar y entró al camarote. De pronto, el resto de velas que yacían apagadas entre las riquezas de el lugar se encendieron y vio como una hermosa mujer de pelo rizado lo miraba mientras sostenía entre su pecho la carta que él le había escrito.

No hubo una sola palabra. Aaron cayó de rodillas incrédulo y fue ella quien se levantó rápidamente para saltar a sus brazos y besarle con toda la pasión que había guardado durante los años. Él cerró los ojos lentamente y con su mano izquierda abrazó a su amada mientras la derecha la hundía en esos cabellos rizados que siempre le habían gustado.

-No sabes cuánto…- Aaron empezó a llorar y Lanai lo hizo a su vez mientras lo envolvía en otro apasionado beso.

Cuando ambos abrieron los ojos pudieron ver que el galeón entero se había iluminado y restaurado por completo. Salieron del camarote y las velas se desplegaron dejando ver una frase que tenían bordada con hilo rojo sobre fondo blanco.

“El amor verdadero es eterno”

 

 

 

SI HAS LLEGADO HASTA AQUÍ, TE DOY LAS GRACIAS POR LEERLO, ESPERO QUE TE HAYA GUSTADO Y COMO SIEMPRE, ESPERO TU OPINIÓN Y APOYO.
¡HASTA LA SEMANA QUE VIENE!

PD: Podéis encontrar las imágenes que uso para publicar en https://pixabay.com/

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