Regalo para uno mismo

Dedicado a una persona muy especial para mí por su décimo cumpleaños.

¡Muchas felicidades!

 

Ya era medio día y la joven, incrédula por lo que estaba pasando, no hacía más que rebuscar en cada rincón de la casa con la esperanza de encontrar algún regalo que tuvieran sus padres o su hermana escondido para entregárselo en el momento más inesperado, pero por más que buscaba, no logró hallar nada fuera de lo normal.

Unas monedas bajo el sillón del comedor, juguetes viejos y rotos debajo de su cama y la de su hermana, el corcho de una botella de vino en un rincón de la cocina… nada.

Diez años cumplía aquel día y su familia parecía haberse olvidado por completo de ella.

Su padre volvió un poco más tarde de lo normal y como era normal la familia entera le había esperado para comer todos juntos. Antes de sentarse a la mesa besó las frentes de sus dos hijas, aflojó su armadura y la dejó junto a su espada colgada de la pared.

La comida transcurrió con normalidad, con conversaciones banales sobre las nuevas de la ciudad que el padre conocía por su puesto como guardia asignado a controlar los altercados de la plaza de comercio. Antes de terminar el segundo plato, la hija mayor se levantó de la silla y golpeó la mesa con fuerza.

-¡Ya está bien! -Gritó ante la mirada incrédula de sus padres. -¡Nadie va a decir nada?

Al no saber que decir, los padres se miraron y permanecieron en silencio, pero ella no lo aguantó más y salió de casa corriendo y llorando sin un destino claro.

 

-Deberíamos habérselo dicho… -Dijo la madre preocupada al no encontrar a su hija por ningún lado. -Mi pequeña…

El padre había salido poco después que ella, sin su armadura y con un arco porque conocía bien a su hija, y sabía a donde iba a ir.

Su hermana no se preocupó demasiado, algo en su interior le decía que todo estaba bien.

 

Fuera de la ciudad, en un bosque donde los animales se dejaban ver muy a menudo, la joven que ese mismo día hacía diez años estaba agazapada llorando de rabia e impotencia.

-No… no… no… -Se secó las lágrimas con la camisa de trapo que su madre le había hecho y apretó los dientes. -Tu me dijiste que me llevarías a cazar… -Las lágrimas volvieron a salir de sus ojos marrones. -Pues si te has olvidado no es mi problema…

La joven cogió una rama de árbol verde acorde a su tamaño y se adentró poco a poco en el bosque que cada vez se volvía más denso y oscuro. No tenía miedo. Había visto muchas veces a su padre en la plaza de la ciudad luchar solo contra múltiples enemigos, y en su interior sentía que la misma fuerza de su padre corría por sus venas. A medida que avanzaba, iba partiendo pequeñas ramitas en los árboles para hacer una ruta con la que volver por donde había venido. Estaba muy enfadada y de vez en cuando gritaba, haciendo huir a los animales que había cerca, a todos menos a uno. A lo lejos se escucharon gruñidos violentos, y ella agarró el palo tan fuerte que se hizo daño en los dedos.

-¡Ven aquí! -Gritó inconscientemente. -¡Te estoy esperando!

El animal no dudó un segundo. Se acercó gruñendo hasta que se vieron las caras frente a frente y en el último momento, el lobo negro se abalanzó sobre ella con la boca bien abierta.

Ella no dudó un segundo y rodó hacia un lado esquivando el primer ataque y cuando el animal se giró, ella apretó más aun su palo y le golpeó en el hocico, haciendo que el animal retrocediese un tanto.

 

A una distancia segura alguien observaba con orgullo como todo el tiempo que había pasado con su hija la había convertido en una pequeña segura de si misma, fuerte y decidida. No pudo evitar soltar una pequeña lágrima, pese a estar de rodillas con el arco tensado y apuntando al animal con el que peleaba su hija y antes de que este se volviera a abalanzar sobre ella, disparó.

 

Cuando la joven se disponía a atacar al animal escuchó un sonido que cortó el aire e instintivamente se paró. El animal cayó al suelo con una flecha en el lomo que le arrebató la vida al momento y la joven perdió toda la fuerza de un plumazo cayendo de rodillas al suelo.

Poco a poco el padre se acercó mientras desataba uno de los collares de cuero que solía llevar. No dijo una sola palabra, se acercó al animal sin vida y le arrancó un colmillo, que anudó bien fuerte en el collar y se arrodilló frente a su hija.

-Aquí tienes mi regalo de cumpleaños pequeña. Felicidades.

La joven se quedó con los ojos abiertos de par en par mientras su padre le ponía el collar de su primera presa y no pudo evitar llorar una vez más.

Su padre la cogió en brazos sonriendo y la llevó de vuelta a la ciudad, a la casa de unos amigos donde habían pasado la mañana entera preparándole una fiesta por todo lo alto.

 

Aquel fue un día que por muchos años que pasaron ella no olvidó jamás.

El día que cazó su primera presa.

 
SI HAS LLEGADO HASTA AQUÍ, TE DOY LAS GRACIAS POR LEERLO, ESPERO QUE TE HAYA GUSTADO Y COMO SIEMPRE, ESPERO TU OPINIÓN Y APOYO.
¡HASTA LA SEMANA QUE VIENE!

PD: Podéis encontrar las imágenes que uso para publicar en https://pixabay.com/

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