Capítulo 2 : Apuesta arriesgada        

    

Año: 425 

Estación: Final de Otoño.

En aquella mañana sin una sola nube, el sol se notaba con fuerza, demasiada, teniendo en cuenta que el invierno estaba a la vuelta de la esquina. Como cada día después de desayunar, Máximo salía de su humilde casa, hacha en mano a hacer de un árbol caído el calor de su hogar.

Después de estar años viviendo bajo el abrigo de Kuraem, la ciudad más inexpugnable del mundo, se había dejado barba, y el pelo que tuvo antaño, negro y fuerte, día a día fue cambiando hasta tornarse a sus cuarenta y dos inviernos, en un gris pálido, que seguía peinando igual. Los años le habían regalado unas cuantas cicatrices, algunas en el pecho, que le recuerdan cada día el peor momento de su vida. En el cuello portaba su marca, su emblema, el mismo que había grabado en todas sus armas y artilugios al comprender el significado de este.

Como cada día después de escuchar a su padre salir por la puerta, Extremo, salió de la cama con prisa y la ropa ya puesta del día anterior, una prenda de lana gris que le había regalado su padre y unos pantalones de piel de ciervo curtida, tenía que aprovechar la mañana.

Recorrió toda la casa pasando desde la entrada, en la que había dos pares de botas nuevas, unas suyas y otras de su padre, hasta la habitación de Máximo, que como todos los días, estaba cerrada con llave. Para no toparse con su padre, fue a la cocina a coger algo que pudiera comer mientras caminaba en dirección a su objetivo y salió por la ventana con un trozo de pan en la boca.

Mientras masticaba, Extremo avanzaba a paso ligero por el camino que rodeaba las enormes murallas de Kuraem, en las que en su interior, tiempo atrás, vivían todas las personas de la ciudad. Pero que con el paso de los años, la gran cantidad de población había obligado al rey Eros a edificar casas en el exterior de las murallas, eso sí, triplicando la guardia en estas zonas.

En su camino se cruzo a varios vecinos que estaban comenzando a hacer sus labores y los saludó con la mano, pero no se detuvo ni un momento a hablar. No había tiempo.

Para llegar a su destino tenía que atravesar varios callejones, y algún que otro tejado, si quería llegar rápido, pero estaba acostumbrado, después de jugar con su padre por aquellos lugares a esconderse, se había hecho ágil.

No le quedaba nada más que saltar de un resbaladizo tejado y dar unos pasos para llegar, cuando unos gritos llamaron su atención.

-¡Maldita sea!- gritó un hombre abriendo la puerta de su casa. – ¡Como eres capaz de volver aquí, después de la vergüenza que me has hecho pasar!

Llevaba agarrado por el pelo a un chico flacucho que lloraba y suplicaba todo el rato.

-¡Padre…! Déjame volver a casa, te lo suplico… – El chaval no podía ni levantar el cuerpo. – llevo dos días sin comer y no sé si aguantaré otro más…

Aquel hombre lanzó a su hijo al suelo con intención de hacerle daño, lo miró con una mueca de desagrado en su rostro, y agarró el picaporte de su casa.

-No vuelvas a esta casa. ¡JAMÁS! – Dio media vuelta para entrar de nuevo en casa y cerró con un sonoro portazo.

El hombre más cercano que había del muchacho, continuó barriendo la puerta de su casa, ignorando por completo la pelea que acababa de tener lugar frente a él. Todo el que vivía allí conocía la dureza que tenía aquel hombre, y pese a no entenderlo, nadie le decía nada nunca.

Extremo se acercó a Otte, su mejor amigo, le dio el trozo de pan que le quedaba, se agachó y agarrándole el brazo, lo levantó.  El chico perplejo se limpió las lágrimas con la camisa llena de barro ensuciándose la cara. Su pelo estaba sucio y lleno de polvo, pese a ello se podían distinguir los rubios cabellos que le crecían hasta cubrirle las orejas.

-La Cueva ¿Verdad? – Preguntó Extremo sosteniendo a su amigo.

Otte asintió.

-Ven, vamos, acompáñame al río, tienes que lavarte un poco. – le animó Extremo.

 

Ambos fueron al río, cerca de donde todos los que vivían fuera de las murallas lavaban la ropa. El agua, fría en aquella época del año, daba vida a una enorme cantidad de vegetación, árboles formidables que, en su punto más alto, competían por el primer puesto con la gloriosa muralla de Kuraem.

Otte metió las manos en el agua helada y se lavó un poco.

-Supongo que no has pasado… – Extremo estaba sentado sobre la rama de un árbol a varios metros del suelo, apoyando la espalda en el tronco.

-Ya lo sabes Extre… – Se quedó mirando sus manos dentro del agua cristalina durante un momento. – No quería ir, siempre me han interesado más los libros que las armas… – el chico se quedó callado un instante. -Y como ya sabes, mis dos hermanos han completado un par de años en La Cueva, mi padre está muy orgulloso de ellos… – poco a poco fue cerrando las palmas de las manos mientras las lagrimas caían involuntariamente de sus ojos. -Yo le dije que no era capaz, que no me interesaba para nada ese lugar… pero no. Se empeñó en llevarme… a que me pusieran a prueba… – El nudo que se le había formado en la garganta no le permitió continuar hablando.

-Bueno… – Extremo se recostó sobre la rama un poco más – no es que todo el mundo deba aprender a usar un arma, y mucho menos por obligación, pienso yo. -Con cuidado, rompió una pequeña ramita de la que colgaba una hoja de color amarillento, que separó de la rama, y la partió en dos con esta misma.- A mi padre le da igual que vaya o que no, pero tengo pensada una buena manera de solucionar el problema. – se echó a reír y estuvo a punto de caer.

-Menuda suerte tienes…- Otte sacó las manos del río, y se fijó que estaban moradas por el agua helada. – ¿Qué has pensado? – le picó la curiosidad.

-Ahora te lo contaré, mira, ahí, la que está tendiendo esas camisas verdes y blancas. -Extremo bajó de golpe del árbol al ver a la mujer que había venido a observar. – ¿La ves?

Otte se giró y se quedó con la boca abierta. Allí se encontraba la mujer más hermosa de todo Kuraem, Tiara. Su cabello liso y brillante caía por toda su espalda hasta la misma cintura. Con una sonrisa siempre en la boca, sus ojos verdes intensos atraían a cualquier ser vivo, ya fuese hombre o mujer. Dotada de buenos pechos y unas caderas por donde agarrar, la joven se dio cuenta de la presencia de los dos amigos, y les guiñó un ojo. El joven rubio cayó al suelo de rodillas.

-Otte, ¡Otte! – Extremo se asustó al ver que su amigo no respiraba y lo zarandeó con fuerza. – ¿Estás bien?

-¿Me lo he imaginado? -dijo con la mirada aún puesta en la magnífica figura de Tiara. – Nos ha guiñado un ojo…

-Sí, yo también lo he visto, pero esa no es escusa para dejar de respirar- Extremo le propinó una colleja a su amigo.- ¡hombre!

-¡ay! – Otte se rascó el lugar donde le acababa de golpear. – Puede que la vea todos los días, pero nunca dejará de sorprenderme… – Seguía con la mirada fija en Tiara.

-¿Y ahora qué vas a hacer? – Extremo se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, y también cruzó los brazos. – El que te hayan echado de casa no es algo para tomarse a la ligera. Podrías venirte conmigo, pero mi padre… – Otte levantó la mano cortando el ofrecimiento de Extremo.

-Amigo… – Su sonrisa era sincera.- Siempre me has ayudado en los momentos más duros… pero ahora tengo que buscar otra persona en la que apoyarme… – Una pequeña brisa levantó las hojas que había esparcidas por el suelo. – Me iré con mi tía. Tiene una pequeña casa dentro de las murallas, y me ayudará a estudiar los fundamentos de las matemáticas… – Un pequeño rayo de sol se coló entre las hojas de los árboles e iluminó la cara de Otte, haciendo brillar su cabello rubio lleno de vida.

-Me alegra oír eso… – Extremo le golpeó en el hombro. – Pero si tienes algún problema, ven a verme, amigo.

-No pretendo tener problemas, – negó con la cabeza. – ahora es cuando más me preocupa mi futuro.- El joven se levantó del suelo y se sacudió el pantalón lleno de tierra. – Tengo intención de seguir estudiando, y hacerme un hombre importante en Kuraem. Entonces verá mi padre lo equivocado que estaba. Además, ¿tú no vas a intentar entrar en La Cueva? – abrió la palma de la mano y la golpeó con el puño. -Siempre has sido bueno en las peleas.

-No creo que sea lo mismo, pero no estoy muy seguro de querer ir.- intentó evitar la pregunta.- Me gusta la vida aquí, ya sabes… – dijo Extremo increíblemente indeciso.

-Me voy a ir ya, a ver si llego para la hora de comer.- Alzó la mano y Extremo chocó la suya.

-Cuídate compañero… – Su amigo se fue lentamente, pero no sin antes lanzar otra mirada a las mujeres que estaban lavando en el río.

Ahora que su amigo se había marchado, Extremo se subió de nuevo al árbol, sacó una navaja que llevaba en el bolsillo derecho del pantalón, rebuscó en el izquierdo y sacó el trozo de madera que poco a poco, intentaba transformar en la cabeza de un lobo.

Horas más tarde, seguía tallando, en silencio. No estaba atento a los sonidos que provenían de la naturaleza, tan solo escuchaba como al cortar la madera se producía un leve crujido. Estaba completamente calmado, cuando de pronto una mano rápida como un rayo, agarró su pierna y tiró con fuerza de ella. Extremo se asustó y perdió el equilibrio durante un momento. Soltó de golpe tanto la navaja como el trozo de madera que ya tenía una forma similar a la de un lobo aullando, y agarró fuertemente la rama en la que estaba sentado.

-¡Pero de qué vas! – Le gritó al hombre con barba y pelo canoso bien peinado.

-Hacía ya mucho que no te daba un pequeño susto, que hay de malo en ello… – Max se echó a reír al ver la cara de su hijo, tanto, que acabó por los suelos. -He visto a Otte en dirección a la puerta sur de la muralla. ¿No has estado con él?

Extremo apoyó los pies en el suelo, se sacudió la ropa ahora llena tanto de pequeñas hojas como de tierra, y recogió lo que su padre le había hecho soltar de las manos. Max tenía la mala costumbre de aparecer siempre cuando menos se le esperaba. Y de vez en cuando, gastarle alguna broma pesada, que más tarde él le devolvía de un modo u otro.

-Sí, ha tenido problemas con su padre, – lo miró entrecerrando los ojos. – por lo visto no pasó la prueba.

-Ese cabronazo de Norr… – A Máximo le sentaba muy mal la actitud de ese hombre. – siempre ha querido tener a los hijos más fuertes de por aquí, y al final tendrá problemas…

-Los hermanos de Otte son fuertes – Bajó la mirada. -¿no?

-La fuerza no reside ni en los músculos ni en la habilidad… – Max recordó el momento en el que conoció a Oscar, un chico escuálido y flacucho. – La verdadera fuerza está en saber responder a cada reto que se cruce en tu camino…

Las palabras de Máximo siempre habían influido mucho en su hijo, pero esta vez le llenaron por completo.

-¿De verdad te crees tus propias palabras…?

-Soy tu padre, deberías confiar en mí…- rió Max.

-Claro… para que, cuando menos me lo espere, me vuelvas a asustar. – Hizo una mueca burlona al finalizar la frase, y empujó el hombro de su padre.

-El sol ya está en lo alto, – Max miró hacia el cielo cubriendo sus ojos azules con las manos. – vamos a casa a ver que preparamos para comer.

-¿Te apetece una carrerita? – preguntó Extremo.

-Hijo… -Antes de que pudiera rechazar la invitación, su hijo ya había echado a correr.

Lo primero que hizo fue subirse por un tejadillo de una choza hasta  las vigas de una casa, para llegar a los tejados más altos, intentando atajar de camino a casa. Max, por el contrario prefirió darle algo más de ventaja a su hijo pues no era capaz de contenerse, y mientras se concentraba, frotaba con la mano derecha el tatuaje de su cuello, una manía que arrastraba desde hace mucho tiempo.

Extremo siguió saltando de tejado en tejado, hasta el camino principal que llevaba directo a su casa. Se descolgó por los pilares que sujetaban la casa donde estaba subido, hasta el suelo, y siguió corriendo a toda velocidad. La gente con la que chocaba le empujaba, o gritaba, e incluso en algún caso lo amenazó, pero le daba igual, tenía que ganar a su padre a toda costa.

Llegó a casa lleno de sudor, con la respiración entrecortada, y bebió un buen trago del botijo que tenían en la despensa. Se sentó en una silla en el salón mirando a la puerta, pero algo no andaba bien. Se fijó en las botas que había en la entrada de casa, y aparte de las nuevas, también estaban las botas llenas de barro que usaba su padre para cazar en el bosque. Escuchó un sonido extraño en la cocina, y antes de poder darse la vuelta, su padre apareció batiendo huevos en un plato.

-Que cansado te veo hijo. – Sonrió.- ¿Tienes hambre?

Extremo abrió los ojos de par en par, y con la boca abierta examinó a su padre. Ni una gota de sudor y relajado por completo, Máximo había llegado antes que él a casa, otra vez.

-¡Pero cómo demonios…! – No conseguía entender cuál era el truco de su padre.

Máximo dejó de batir un momento, y mientras se rascaba el tatuaje que tenía en el cuello con forma de “S” con un punto en el centro del semicírculo superior, pensó en cómo explicarle a su hijo que era capaz de hacer ese tipo de cosas.

-Lo aprenderás.- Le señaló con el tenedor que usaba para batir los huevos. – Con el tiempo y un buen maestro, lo aprenderás.

-Tú quieres que vaya a La Cueva – A Extremo se le empezaba a hacer un nudo en la garganta. -¿verdad, padre?

-Yo solo quiero que hagas lo que quieras hacer.- Max dejó el plato y el tenedor sobre la mesa del comedor. – Pero ten en cuenta que, gustándote como te gustan las cosas que yo hago, aquí no las aprenderás…

Extremo asintió. Tenía miedo, miedo a lo desconocido, y le aterraba la idea de no ser capaz de aguantar todo lo que se le venía encima, pero pese a ello, estaba decidido a intentarlo. Su padre notó que algo no iba bien, y se agachó para mirar a su hijo a los ojos.

-Mírame. – Extremo miró a los azules ojos de su padre, y en ellos encontró el valor que necesitaba para seguir adelante.

Max abrazó  a su hijo, cosa que él no esperaba, pero le devolvió el abrazo con tanta fuerza como tenía.

-Estoy listo. – Cuando se separaron, Extremo se secó los ojos que habían dejado caer alguna que otra lágrima. -Cuando lo creas conveniente, iré a La Cueva.

-Cuando tengas dieciséis años, no puedes intentarlo antes.

 

 

Aquí tenéis el segundo capítulo de mi libro Cadenas : La aventura. Subiré los cuatro primeros capítulos para que podáis echarle un ojo a esta novela tan especial para mí. Espero que os guste y que me apoyéis para continuar dando rienda suelta a mi imaginación y así poder escribir la segunda parte.

Un saludo y gracias por todo.

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