Capítulo 3 : Descenso precipitado

Año: 402

Estación: Pleno invierno.

 

Diez días después del altercado con Cinna, el rastro que había llevado a Oscar y Max a Sienra había desaparecido por completo. La gente de la aldea ya no hablaba, ni miraba a los dos compañeros, a excepción del posadero que todavía se comunicaba con ellos para cobrarse tanto la comida como la bebida que solo él podía proporcionarles en aquel inhóspito lugar. Al no tener ningún motivo por el que quedarse en una posada en la que no eran bienvenidos, optaron por salir de allí con sus pieles más abrigadas, pues sabían que el invierno en Niaban, la región del norte, era especialmente duro. Decidieron ir más al norte todavía, hasta llegar a ver el Mar Gélido, para intentar retomar el rastro de Senyr.

Después de varios días caminando sobre nieve, Oscar ya había empezado a perder toda esperanza, pero su compañero no dejó de luchar ni un segundo. El frío helaba sus caras, que hacía ya días que no sentían.

La noche comenzaba a caer sobre los amigos, que llevaban un buen rato buscando un lugar en el que parar a descansar, pero hasta ahora solo habían caminado por una inmensa estepa congelada, sin vida, tanto animal, como vegetal.

– ¡Árboles! -Gritó Oscar señalando la silueta alargada de un bosque en la lejanía.

Entrecerrando los ojos, Max fijó su mirada en los abedules que había más adelante, y asintió enérgicamente.

Estaban congelados. La nieve y el frío no cesaban ni un solo momento. Buscar el norte ya era complicado con la poca luz del sol que atravesaba las constantes nubes de Niaban, por ello en cuanto se acercaba la noche y les era imposible determinar la dirección por la que continuar, buscaban un lugar en el cual refugiarse, que la noche anterior fue un enorme agujero en la nieve.

Al llegar bajo los enormes árboles de corteza blancuzca con rayas negras, Máximo colgó su mochila, a la que iba anclada la funda del arco de poleas, de una pequeña rama, arrancó la corteza de un árbol caído, sacudió la nieve y la partió por la mitad, observando que estaba completamente húmeda. Oscar dejó su mochila en el suelo, y la abrió para comprobar que quedaba en su interior.

-Nos estamos quedando sin comida… -Tanto sus manos como su cara estaban completamente moradas.- Deberíamos intentar atrapar por lo menos algo para llevarnos al gaznate antes de que el sol se esfume por completo.

Max ignoró por completo a su compañero. Llevaba demasiados días quejándose, y había llegado a colmar su paciencia. Continuó rompiendo más cortezas del árbol caído, y apilándola en un buen montón.

-Bueno… – Oscar abrió uno de los bolsillos pequeños de su mochila, y sacó el puñal en su funda, que se colgó al cinturón. – Como veo que ya estas con el fuego, yo intentaré conseguir algo de carne…- Cerró la mochila y se metió en el oscuro bosque de abedules parcialmente enterrados en nieve.

Máximo extrajo de su mochila un saquito de cuero que movió varias veces en la palma de la mano para determinar la cantidad de objetos que le quedaban.

-Ya solo quedan tres… – Frunció el ceño.

Abrió con mucho cuidado el saquito deshaciendo el nudo que lo cerraba, metió la mano y sacó una pequeña bolita, similar a una perla negra que olía muy fuerte a alcohol, volvió a atar la cuerda y guardó la pequeña bolsa de cuero en la mochila.

Con la diminuta bolita aun en la mano, Max empezó a apartar la nieve del suelo, hasta que encontró tierra, en la que soltó la perla. Poco a poco, apartó más y más la nieve, para dejar un buen espacio sobre el que sentarse tanto él, como su compañero. Después de tener un lugar en el que sentarse, Max empezó a coger la corteza húmeda que había arrancado del árbol caído, y la amontonó alrededor de la bolita, dejándola a la vista en todo momento. También recogió pequeñas ramitas y alguna que otra rama grande y fuerte, que dejó cerca para no tener que levantarse más.

-¡Mierda! – Se había olvidado de las piedras con las que encender fuego en la mochila, por lo que se tuvo que levantar una vez más.

Al volver a sentarse, Máximo comenzó a golpear una piedra contra otra lanzando chispas en dirección a la bolita hasta que escuchó un chisporroteo indicando que empezaba a arder. En ese mismo instante, dejó las piedras en el frío suelo y empezó a amontonar toda la corteza y las ramitas sobre la perla, que en cuestión de un momento formó una llamarada increíblemente alta, que emitía un gran calor con el que la madera que había puesto sobre ella se secó en el acto. Max se relajó al ver como el fuego crecía poco a poco, y le echó ramas más gordas, que lo mantendrían durante largas horas. Cruzó las piernas, y se quedó mirando al fuego mientras calentaba su cuerpo insensible después de tantos días de frío.

 

Oscar apareció un buen rato después, guiado por la hoguera que era lo único que iluminaba el bosque en la noche, con una liebre agarrada por las orejas, y cara de satisfacción.

-Has usado una de esas bolas de fuego ¿No? – Oscar se sentó junto a la hoguera, dejando la liebre en el suelo. – ¿Cuántos cacharros de esos te quedan?

-Dos. -Contestó fríamente.- Habrá que preparar más  en cuanto lleguemos a algún pueblo, o pronto moriremos congelados.

Mientras Max desollaba al animal, Oscar afilaba la punta de un palo, y lo pelaba bien, para clavar en el las piezas de la liebre que iban a cocinar.

-Nos estamos quedando sin dinero y sin comida, habrá que empezar a pensar que esto es mala idea ¿No crees? – Miró a su compañero arrugando tanto la frente como los labios.

-Yo no te obligué a venir conmigo Oscar. – Max no apartó la mirada de la hoguera.

Oscar estaba irritado. El no poder dormir apenas y estar congelado todo el día le ponía de mal humor. Sus mochilas estaban prácticamente vacías, y lo que peor le sentaba era que no estaban más cerca que el primer día de encontrar al gran dragón blanco.

Después de pasar un buen rato en silencio, pensando, no fue capaz de reprimirse.

-¡Estoy harto de la nieve, estoy harto de estar todo el día mojado, y sobretodo estoy harto de TI! – Gritó tan fuerte que resonó por todo el lugar.

Máximo se levantó lentamente, lo miró fijamente a los ojos, y advirtió que estaba más desesperado de lo que parecía.

-Tranquilo Oscar,- Sonrió sinceramente. – tres días más. Si no encontramos al gran dragón blanco de aquí a tres días, volveremos a casa.

Su compañero se quedó perplejo, esperaba discutir, o incluso acabar a golpes, pero que Max renunciara a su búsqueda lo descolocó por completo.

Ambos se sentaron a devorar las piezas de liebre que ya se habían hecho suficiente. Desplegaron los sacos de piel que ocupaban la mayor parte de las mochilas y se durmieron rápidamente sin preocuparse por los animales que pudiera haber en el bosque, pues no se acercarían por temor al fuego.

A la mañana siguiente, Máximo se había despertado temprano dándole vueltas a toda la información que tenía sobre el dragón, pero despertó a su compañero horas después con los primeros rayos de sol, que llevaban sin ver días. Ambos recogieron los sacos y se calentaron con el fuego que Max no había dejado apagarse en toda la noche.

-Vamos Oscar, hoy te toca a ti llevar el arco, así que tienes que tensarlo tú también…- dijo Max bostezando.

En estos días le había enseñado a Oscar a utilizar el arco, en parte para que estuviera entretenido con algo, en parte para que dejara ya sus insufribles protestas. Pero ese arma tenía un problema en el que Max no había pensado al hacerla, considerando que era imposible cargarlo en un lugar sin árboles o estructuras que soportasen cierta fuerza.

Oscar se acercó a la mochila de Max, sacó el arco de poleas desmontado de su funda, y también una cuerda, tan gruesa como un puño, que había en el fondo. Dejó el arco en el suelo y fue a atar la cuerda entre dos árboles, tensándola bien. El arco tenía una bisagra en el mismo centro. Lo colocó en su posición, y fijó la bisagra con una pequeña pieza de metal que tenía colgada de una fina cadena. Una vez con el arco ya montado, soltó la polea superior que unía la cuerda al arco, la pasó por debajo de la cuerda que acaba de atar a los arboles, y volvió a montar la polea en su sitio. Agarró el arco con ambas manos y tiró con tanta fuerza como pudo para atrás, haciendo que las pestañas de las poleas fueran tensando el arco hasta el límite.

-Con eso valdrá por ahora,- Le golpeó el hombro con la mano para que dejase de hacer fuerza.- ya es un buen disparo si encontramos al dragón.

Oscar soltó la cuerda de entre los árboles, colgó el arma a su espalda con mucho cuidado, y guardó la cuerda en la funda del arco.

Se ocuparon de apagar el fuego que, con ayuda de la nieve, no fue difícil de extinguir.  Metieron las cosas de nuevo en las mochilas vacías, y re-emprendieron el viaje, pero esta vez Oscar llevaba el arco a su espalda y la funda en su mochila.

 

Desde que los rayos de sol habían topado con la cara de Max, se había dado cuenta de que aquel día era demasiado raro. No había ni una nube, lo que dejaba el cielo completamente soleado. De no ser porque aun tenían parte de la ropa calada, y por la capa de nieve helada que había en el suelo, podría decir que no se estaba mal.

Al poder ver perfectamente el suelo por el que caminaban, advirtieron que estaban andando por la orilla de un río congelado y a cada rato Oscar se paraba para mirar el hielo en el que se había transformado el agua de aquel afluente del Mar Gélido. Le fascinaba lo increíblemente profundo que era. No podía ver el fondo, pero si veía que bastante por debajo de donde se encontraba, había peces nadando como si nada en aquel agua que no tardaría mucho en volverse hielo.

-Es bonito… – suspiró Máximo. – Pero no te dejes engañar por su hermosura, al igual que una vendedora de milagros, te la puede jugar si te descuidas…

-La diferencia es que las vendedoras de milagros, suelen ser viejas horrendas, y este rio es tremenda mente…- No encontraba una palabra para describir lo que estaba contemplando.

Finalmente Oscar dejó de caminar a la orilla, para adentrarse en el hielo del enorme y profundo río, que era más ancho que las mismísimas puertas de la muralla en Kuraem.

-¡Oscar!- No podía creer lo que estaba viendo. – espero no tener que recordarte que no sabes nadar.

-Esto no es nada más que una manera de avanzar más rápido…- Se excusó Oscar.

-Claro… – La paciencia de su compañero empezaba  a llegar a su fin. -Y si en alguna parte no está tan congelado, te caerás al agua y tendré que ir a por ti…

-Chorradas.

Ante la respuesta de su compañero, Máximo dejó de hablar y se limitó a ir hacia delante. Por muy bien que fingiera al estar frente a Oscar, también estaba empezando a venirse abajo.

No pararon para comer, porque no tenían nada que llevarse a la boca. La única opción que había era abrir un buen agujero en el hielo del río y esperar a que algún inocente pez que nadaba en las profundidades tuviera la bondad de morder un trozo de cuerda sin cebo alguno, y con un poquito de suerte, que no fuera venenoso o algo peor.

A media tarde, cuando el sol ya empezaba a caer por el horizonte, Oscar vio una aldea en la lejanía y empezó a correr con más intensidad sobre el hielo. Máximo lo siguió metiéndose el también en el hielo del río pero a medida que avanzaban el hielo crujía más y más. Oscar no se dio cuenta de ese detalle, pero Máximo sí, y paró como pudo tirándose al suelo. Observó como a cada paso que daba su compañero, se formaban pequeñas grietas en el cristalino hielo, grietas que se unían poco a poco, formando otras más grandes.

-¡OSCAR PARA! ¡EL HIELO SE VA A ROMPER! – Gritó con todas sus fuerzas.

Su camarada no le hizo caso, siguió corriendo en dirección al pueblo haciendo crujir cada vez más el hielo. Máximo salió del río y mientras corría detrás de su compañero, maldijo una y otra vez haberle dejado la funda del arco, pues quería usar la cuerda que utilizaban al tensar el arco, para lanzársela a su amigo.

Desesperado por llegar a la aldea, Oscar no se dio cuenta del enorme agujero que había en el río hasta que no fue demasiado tarde. El hielo estaba roto de un lado a otro de la orilla, lleno de pequeños pedazos blanquecinos que flotaban en el agua gélida. Él intentó parar en seco, pero las enormes grietas que se habían formado bajo sus pies acabaron resquebrajando la superficie del río, haciendo que cayera al agua, en la que no sabía defenderse. Intentó aferrarse a uno de los trozos helados con tanta fuerza que se hizo varios cortes profundos en los brazos y el estómago. Se puso extremadamente nervioso y comenzó a patalear y respirar estrepitosamente.

Máximo ya había tirado la mochila al suelo, y la mayor parte de su ropa también, dejando al descubierto su cuerpo desnudo marcado por una cicatriz enorme en el pecho, pero se dejó puesto el calzado. Se acercó a la parte donde el hielo se había hecho pedazos, y sin dudarlo, saltó de cabeza al agua cortándose con los pequeños trozos que seguían flotando.

Las pieles que llevaba Oscar no tardaron en empaparse bien de agua, haciéndolas muy pesadas. Tanto el arco como su funda pesaban, haciéndole imposible sacar la cabeza del agua para respirar. Después de agitarse y moverse tanto, Oscar acabó tragando buena cantidad de agua y quedó inconsciente.

Gracias a su velocidad a nado, Max no tardó nada en alcanzarle, pero tenía que darse prisa si quería sacar a su compañero con vida. Le quitó el arco de poleas de la espalda, y se lo colocó él, le quitó la mochila, que salió flotando, y por ultimo le arrancó el abrigo de piel empapado, que cayó al fondo del río. A continuación, pasó la cabeza por debajo del hombro de Oscar, y comenzó a nadar hacia arriba con toda su fuerza. Ambos estaban empezando a ponerse morados por el agua.

Máximo miró a su compañero, y pudo distinguir que estaba perdiendo mucha sangre por las heridas que se había hecho al caer y agarrarse al hielo.

Los dos compañeros salieron a la superficie, pero solo uno de ellos respiró con fuerza. Máximo  acercó a su compañero a la orilla, le apoyó el pecho en la nieve con cuidado para que no se llevase más cortes, después lo cogió de la cintura y lo sacó por completo. Acto seguido salió de aquella agua congelada, con la respiración acelerada.

-¡Por el amor de una madre! – Oscar no respiraba.

Máximo, que se encontraba desnudo, manchado con la sangre de su amigo y con un arco en la espalda, ejerció presión sobre el pecho de su compañero varias veces, y cada vez que lo hacía Oscar escupía una gran cantidad de agua, hasta que a la sexta vez, comenzó a toser y convulsionarse. Al ver como su compañero volvía a respirar, Max se tumbó en la nieve aliviado.

-Menudo pedazo de idiota estás hecho…- Colocó el brazo sobre su frente. – A quien se le ocurre ponerse a andar por un río congelado sin saber nadar siquiera…

Oscar escupió el agua que le quedaba mientras se intentaba incorporar, estaba helado de nuevo en aquel día sin nubes, no dijo nada, estaba muy avergonzado consigo mismo y bastante dolorido.

-Da gracias que mi arco está hecho a prueba de agua – sonrió Max mientras se incorporaba – Vamos, que el pueblo está ahí mismo.

Mientras Oscar seguía sentado semidesnudo, Max se acercó su mochila, que ahora era la única que tenían, y cogió su ropa. Se acercó a Oscar, y le dio tanto el abrigo como los pantalones que se había quitado al saltar en su rescate.

-¿Y tú qué vas a ponerte? – Oscar estaba a punto de rechazar la ropa de su amigo, pero este cogió su puñal y rasgó el saco que usaba para dormir para hacerse un hueco para las manos y la cabeza.

Con el saco como vestido, Max se acercó al río de nuevo a recoger la mochila de su amigo, que había salido a flote por sí misma, la colgó del hombro como pudo y comenzó andar hacia delante mientras su compañero terminaba de cambiarse.

 

A medida que se alejaban de aquel enorme cráter en el hielo, más le llamaba la atención a Max la forma que tenía, pues, esta mañana habían intentado romper el hielo del río  al despertar para beber agua sin necesidad de derretir la nieve en la hoguera y no fueron capaces por lo duro y profundo que estaba.

-Mañana volveré a este sitio,- Max volvió a mirar al cielo y empezó a pensar que la ausencia de nubes tenía algo que ver con el cráter. – creo que es un buen lugar para empezar a buscar al dragón.

-Eso – dijo Oscar temblando. – si llegamos a mañana.

 

 

Aquí tenéis el tercer capítulo de mi libro Cadenas : La aventura. Subiré los cuatro primeros capítulos para que podáis echarle un ojo a esta novela tan especial para mí. Espero que os guste y que me apoyéis para continuar dando rienda suelta a mi imaginación y así poder escribir la segunda parte.

Un saludo y gracias por todo.

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