Capítulo 4 Firme decisión

Año: 425

Estación: Principio de invierno.

La lluvia no cesaba en aquella fría tarde de invierno, el ruido del agua al caer no les dejaba hablar con claridad. Extremo estaba agotado, le costaba mantenerse en pie, pero su acompañante no le dejaba descansar ni un momento.

-¿¡Crees que en La Cueva te dejarán descansar!? – Le gritó mirándole a los ojos.

Extremo no contestó. Se limpió el barro de la cara con su camisa raída, y siguió andando por la senda, detrás  de  su representante en La Cueva.

Se encontraban dentro del bosque que rodeaba Kuraem, un lugar muy peligroso lleno de animales gigantescos y monstruos. La gran mayoría de los árboles que crecían allí eran tan altos que sus hojas apenas dejaban pasar la luz del sol, haciendo que fuera difícil orientarse.

Ambos habían decidido adentrarse en el bosque esa misma mañana, porque días atrás Extremo le había dicho a su padre que estaba preparado para pasar las pruebas, y este optó por dejarlo en manos de un representante, una persona que se ocupaba de un examen preliminar y determinaba si la persona en cuestión tenía madera para ser un integrante más del campo de entrenamiento de guerreros de Kuraem, La Cueva.

Si Extremo pasaba las pruebas de su representante, estaría capacitado para probar suerte con los instructores de La Cueva. El problema de los representantes, es que sus exámenes son bastante más duros que los de entrada al lugar, para asegurarse así que sus representados eran dignos de pasar, pues de no ser así, ellos quedarían en ridículo, perdiendo todo su prestigio por no ver la debilidad de la persona en cuestión.

El bosque cada vez era más espeso. Apenas se podía ver nada entre las nubes de tormenta casi negras y la cantidad de árboles que se entrelazaban formando un laberinto vegetal.

-Ya va siendo hora de comer algo. – dijo el supervisor. – Vamos a ver si buscamos un sitio donde encender fuego y nos quedamos ahí hasta que pase la asquerosa lluvia.

Extremo asintió. La lluvia en aquel lugar era muy diferente a la que estaba acostumbrado. Pese a estar a menos de un día de Kuraem, bajo el exuberante bosque, las gotas de agua eran verdosas, y pegajosas porque que arrastraban el viscoso liquido del que estaban impregnadas las hojas de los árboles.

No tardaron mucho en encontrar una gran roca desprendida de un saliente, que en uno de sus extremos estaba apoyada sobre la rama de un árbol grande y fuerte, haciendo así un pequeño techo natural.

-Déjame encender fuego a mí, tú vete sacando de mi mochila unos fardos pequeños de carne. -El hombre dejó su mochila empapada sobre el suelo. – ¡Si algo tiene de bueno cansarse, es que la comida sabe cien veces mejor!

El hombre era bastante corpulento, y calvo. Tenía la cara cubierta de cicatrices, y por la conversación que había tenido con Max aquella mañana, Extremo se dio cuenta que eran algo más que conocidos, pero no quiso decir nada hasta aquel momento.

-Aun no me has dicho cómo te llamas… – dejó caer.

-Mi nombre no importa chico, solo te tiene que importar mi evaluación.- Se agachó para hacer un montón pequeño con palos y pequeñas ramas mojadas.

-Ya… pero me parece injusto que tu sepas el mío y yo no sepa el tuyo. – volvió a insistir mientras clavaba los tacos de carne en un pincho de metal.

El hombre calvo sacó de uno de los bolsillos de su chaleco una especie de bola negra, la golpeó fuerte contra el suelo, lo que hizo que se prendiera rápidamente, y la metió entre la madera húmeda, que empezó a arder en cuestión de segundos.

Extremo se quedó sentado y anonadado ante lo que había hecho aquel hombre corpulento, que sonreía mirando satisfactoriamente el fuego.

-Esto me lo enseñó tu padre. – Pasó la mano sobre su calva. -¿sabes? Se me quedó la misma cara la primera vez. – Levantó un dedo. – Es más, te diré que esto antes no se usaba así. Las antiguas bolas de Venza llevaban un componente menos, lo que hacía que hubiera que encenderla con chispas, como si fuera yesca.

-¿Bolas de Venza? – se acercó a su representante. – Me enseñaras a hacer esas cosas ¿no? ¿Para eso me has traído?  – Extremo estaba emocionado.

-Calma chico, calma… – El hombre le apartó con una mano. – Por ahora se te ha dado bien eso de escalar, aguantar las inclemencias del tiempo y aún no te has rendido.- Extremo se estiró. – Incluso supiste seguir mi rastro cuando te perdiste para volver hasta mí, cosa muy positiva. Por ahora vas bien en temas físicos, ahora pongamos a prueba tu cabeza. Te voy a poner un problema, haber como te desenvuelves. – El representante clavó los pinchos de metal con la carne cerca del fuego, para que se fueran cocinando.

Extremo se concentró bien, sentándose con las piernas cruzadas y quedándose en completo silencio.

-Imagina que no sabes nadar, y la única ruta que tienes para llegar hasta donde te han mandado ir es caminando sobre hielo, que podría romperse en cualquier momento con tus pisadas. – El hombre paró un momento y con una piedra hizo un dibujo en el suelo, que representaba lo que estaba contando. – Pongamos, que tienes tres alternativas, la primera es, esperar a que el hielo se haga más robusto, gracias al frío glaciar que hace, – dibujó un copo de nieve. – la segunda, es tragarte el miedo, y correr hacia lo desconocido, – dibujó una flecha hacia delante. – y la tercera, es volver con el rabo entre las piernas a La Cueva, fallando tu misión, y probablemente poniendo en peligro a personas que debías proteger o rescatar… – por último, dibujó una flecha hacia atrás.

La lluvia cada vez era más débil, pero la oscuridad estaba llegando, y con ella el frío de una noche de invierno, al que Extremo no había tenido el placer de hacer frente medio desnudo jamás.

-Lo que está claro es que la última opción no es la correcta. – Se frotó el mentón varias veces. – Por otra parte… Las otras dos opciones son muy peligrosas, porque tanto caer al agua helada como… – Calló para pensar un momento. -¿Que hay debajo del hielo? No me has dicho que haya que pasar por ningún río ni nada por el estilo…

-¿Eso significa que escoges la segunda opción? – La sonrisa de su representante era confusa.

-No, yo no he dicho eso, pero tu tampoco me has dicho que haya nada debajo del hielo, así que lo de saber o no saber nadar en esta pregunta no tiene nada que ver. – Estaba convencido de su razonamiento. – Era una pregunta trampa.

Ambos se quedaron en silencio, pero Extremo quería saber si había acertado, por lo que le fue imposible mantenerse callado demasiado rato.

-¿Tengo razón?

-Si…  -Cogió uno de los pinchos con la carne churruscada. Al ver la expresión en la cara de Extremo, le dio un par de golpes en el hombro. – Bien hecho, chico.

El hombre calvo sacó un trozo de carne churruscada del pincho de metal, y se la comió de un solo bocado. Extremo lo imitó, pero cuando se metió el trozo de carne en la boca, estaba demasiado caliente, y se quemó la lengua. Tragó rápidamente para dejar de quemarse, pero fue peor todavía, cogió la cantimplora llena de agua, y comenzó a beber hasta que calmó el ardor.

Ambos se quedaron callados, pero su compañero tenía ganas de reírse de él.

-¿No tendrás una camisa de sobra verdad?- El cuerpo del joven empezaba a enfriarse. – La mía está para echar al fuego.

-La verdad es que no, esta noche pasaras frío, pero te vendrá bien, te aseguro que no dejarás que se apague la hoguera. – sonrío de nuevo su representante.

-¿De verdad te interesa saber mi nombre chico?

-Sí, y también la historia de alguna de las cicatrices que tienes.

-Ah… eso no tiene historia ninguna, soy una persona muy agresiva, eso es todo, mira mis nudillos- dijo enseñándole sus manos.- esto está peor que mi cara ¿Verdad?

Extremo no dijo nada más, la imagen de las manos de ese hombre le parecieron más que suficiente. Tenía varias heridas que no habían sanado del todo, y los nudillos completamente redondeados, cortes y le faltaba la mitad del dedo meñique izquierdo.

-No te asustes chico… créeme, estoy bastante mejor que tu padre. – Terminó la carne del pincho y acabó con el agua de la cantimplora que Extremo había dejado prácticamente vacía. -De mí se solía decir hace ya muchos años, que era capaz de golpear una armadura con los puños al descubierto y ponerla del revés.

-¿Del revés?- dijo Extremo desconcertado.

-Sí, así es. – Se miró las manos con cierta nostalgia – Pero esa época ya pasó… El tiempo no perdona, y lo que antes era una molestia que se pasaba de un día para otro, ahora persiste, y cada día se agrava su dolor.

Ambos se quedaron callados y Extremo se acomodó buscando la mejor manera para tumbarse.

-Si de verdad quieres saber mi nombre – El representante se tumbó cerca de la hoguera – no me falles mañana.

-No lo haré. – finalizó Extremo.

La lluvia había cesado por completo, pero el joven Extremo estaba temblando, la camisa raída y los pantalones de piel mojados no le ayudaban a entrar en calor, pero pese a ello consiguió dormir. Su compañero no tenía intención de dormir aquella noche, estaban en un terreno muy peligroso. Los bosques tan salvajes como aquel albergaban criaturas mucho más salvajes en su interior, y cualquiera podía pasar por allí y quitarles la vida si no estaban suficientemente atentos.

-Mi nombre eh… – Dijo mientras arropaba a Extremo con su propia camisa, dejándose el chaleco sobrepuesto en el pecho – que chico más curioso…

 

La hoguera no se apagó en toda la noche, hasta qué Extremo se despertó con los primeros rayos del sol. El representante le metió prisa, puesto que las pruebas solo se podían hacer antes del mediodía, y no tenía tiempo que perder. Había dejado de un lado asuntos más importantes por hacerle un favor a su viejo amigo, pero no podía desperdiciar el tiempo con su hijo.

-¿Y cómo es el lugar? ¿Hay algo que deba saber en especial? – Comenzó a atosigarle Extremo  al emprender el viaje, mientras se ponía la camisa que le había dejado por encima aquella noche.

-Ya lo verás cuando lleguemos.- El no haber dormido en toda la noche no le sentó nada bien. – Tú preocúpate por dar buena impresión, o me dejarás mal a mí.

El terreno cada vez era peor. Embarrado del día anterior, el camino estaba muy resbaladizo, y estar próximos a un río tan caudaloso no ayudaba mucho. En varias ocasiones tuvieron que andar por las mismas piedras que delimitaban el río, e incluso meterse unos pasos en el, para poder cruzar la enorme cantidad de árboles y plantas que engullían el camino.

-Espero que entiendas porqué nadie llega a La Cueva solo. – Se limitó a decirle a Extremo, que se encontraba nuevamente lleno de barro.

Al sol no le dio tiempo de alzarse mucho en el cielo despejado antes de que a lo lejos, se comenzara a distinguir una cascada enorme, que dejaba a los árboles más altos y grandes del lugar en simples hormigas. A sus pies, una gran cantidad de estructuras echas de cuero y madera a ambos lados del río, la gran mayoría iguales, alguna que otra destacaba entre estas.

Extremo se paró en seco al contemplar tan hermosa vista, su compañero lo notó y le dio un empujón.

-Vamos chico, que es mejor de cerca.

Según se acercaban Extremo fue fijándose mejor, y vio, apartadas del campamento principal a un lado del río, unas granjas enormes, donde se criaban los animales que suministraban una gran parte del alimento de La Cueva. En el otro lado, se fijo que había personas luchando entre si, en zonas marcadas en el suelo con surcos en el barro y vallas de madera. Se podía escuchar el chocar de las espadas de acero, lo que intimidó un poco a Extremo, pues jamás había empuñado un arma.

Al llegar a donde comenzaba el campamento, se detuvieron un momento.

-¿¡Quién va!? – Preguntó un guardia malhumorado que vigilaba la entrada.

-Ext… -No le dio tiempo de decir su nombre cuando su representante se interpuso entre los dos.

-Tranquilo, soy yo.- Su voz no sonaba tan amigable como cuando hablaba con Extremo. – Vengo en representación de este chico, que tenía ganas de probar suerte, nada más.

El guardia miró de arriba abajo a ambos y les hizo una señal para que pasaran.

Todas las estructuras que se veían a lo lejos eran tiendas hechas de una estructura simple con palos, y recubiertas con cuero para hacerlas más calientes y así soportar mejor el invierno. El camino por el que avanzaban, estaba lleno de huellas de botas y barro, que se había formado por la intensa lluvia del día anterior. Extremo miró a ambos lados, y todas las tiendas le parecían iguales, cerradas y colocadas a la misma distancia unas de otras.

Se dirigían a la tienda más grande, que no era de cuero curtido como todas las pequeñas, si no de lino, una tela muy cara, tintada de color verde y azul oscuro, el color que había representado a Kuraem desde que fue fundada, con el símbolo de una espada famosa que había sido empuñada por todos los reyes de Kuraem hasta la fecha.

-Espera aquí, y no reveles tu nombre ni de dónde vienes hasta que hayas pasado las pruebas. Hazme caso chico, por tu propio bien. – El representante abrió las cortinas y pasó dentro.

Extremo se quedó de pie, deleitándose con el armonioso ruido del agua al bajar por la cascada, la gente gritando, ruidos de golpes y el molesto sonido que hacían las grebas de los guardias al patrullar por el barro. Se embriagó del buen olor que provenía del centro del campamento, donde había unas mesas enormes donde seguramente a mediodía comerían todos.

-Mmm… Qué bien huele… – Se le hacía la boca agua. Podía adivinar que lo que comerían a mediodía eran filetes de ternera, comida que le encantaba.

Las cortinas se abrieron nuevamente. El primero en salir fue su representante, seguido de una mujer de pelo castaño corto, de faz severa, buenas caderas, vestida con una armadura de cota de malla, con una placa grande en el pecho con el símbolo de Kuraem gravado en oro.

-Veamos que sabes hacer.

 

 

Por último, aquí tenéis el cuarto capítulo de mi libro Cadenas : La aventura. Si os han gustado estos capítulos de la novela y queréis continuar con las dos historias, aquí tenéis un link para acceder a ese contenido.

Un saludo y gracias por todo.

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