Capítulo 1 : Dragón Blanco

 

Año: 402

Estación:  Pleno invierno.

-Nieve…- resopló Máximo mirando a su alrededor.

-¡Nieve, nieve, y más nieve! – Oscar pateó el suelo.

Máximo ignoró por completo a su compañero, tenía cosas más importantes  en las que pensar.

Después de pasar varios días siguiendo la pista de su presa en aquel páramo helado, una ventisca como aquella no ayudaba mucho. No encontrar ninguna pista sobre uno de los mayores depredadores de Niaban estaba comenzando a menguar la moral de Oscar. Max por el contrario, cada hora que pasaba estaba más atento a cualquier atisbo que hubiera podido dejar el inmenso dragón blanco.

-Es un animal muy listo.- dijo Max, observando las hojas de grosellas mezcladas con los copos de nieve que pasaban por encima de su cabeza.- Hoy tampoco lo encontraremos.

-Eso ya lo sabía yo, antes de desayunar esperando a que saliera el sol.

Después de tantos días intentando enseñar a Oscar había aprendido a ignorar a su compañero hasta el límite, haciendo que cada vez que abriera la boca, se hiciera el silencio en su mente.

-Vamos Oscar, te voy a enseñar una vez más a descargar mí arco de poleas.

-Deberías dejar de llamarlo así. – contestó de mala manera.

Oscar ajustó bien las correas de su mochila haciendo sonar el par de cazos que llevaba colgados en el lateral. Max descolgó el arco de poleas que portaba en la espalda, y le quitó el virote trenzado de la ranura por la cual salían los disparos del arco.

-Para ser un arco se parece más bien a una ballesta, lo sabes ¿no?

-Si saltan las pestañas de la polea- explicó Max- la cuerda salta, y el disparo, si apuntas bien es capaz de atravesar cualquier cosa.

-Venga, durante estos días me has hablado mucho de la fuerza de esta cosa, pero aún no he visto nada.

Max apuntó a un árbol con el arco descargado, apretó el mecanismo que soltaba las poleas y el aire silbó con fuerza por un momento.

-Si por error se disparase en tu espalda- le advirtió a su amigo- como poco te sacaría un filete del costado.

Oscar parecía aburrirse. La primera vez que vio ese arco quería ponerlo en acción, pero con su camarada, el aprendizaje era un proceso lento, mucho más de lo que le habría gustado. Ambos compañeros desataron las cuerdas que los unían entre sí. Después Max soltó la que iba atada al virote trenzado que recogió y guardó en la mochila, y finalmente pusieron marcha de vuelta a la pequeña aldea de Sienra.

 

-Ya son cinco – Oscar le puso la mano abierta frente a la cara. – ¡Cinco veces que salimos antes de que despunte el sol por el horizonte, y son cinco los días que volvemos con nada más que frío y hambre!

El frío y la incesante ventisca hacían que fuese difícil distinguir los edificios en la pequeña aldea de Sienra, pero Max tenía buena memoria y recordaba la forma de la puerta de la taberna que estaban buscando.

-Tranquilízate Oscar, buscar un dragón no es algo que pueda hacer todo el mundo- Se quitó la mano de Oscar empujándolo hacia un lado. -y dudo que nadie lo haya conseguido teniendo que cargar con alguien quejándose todo el día.

Con la cara cubierta completamente de nieve, Max abrió la puerta de la posada en la cual había tallada una jarra de cerveza cubierta por la escarcha, que se cayó al abrir. Antes de que su compañero cruzara la puerta, las voces y el jolgorio que se escuchaban desde fuera se desvanecieron sin dejar rastro. Todas las miradas fijas en los dos amigos, cubiertos de nieve hasta las cejas, y con las manos vacías, una vez más.

Las caras enrojecidas por el alcohol y el frio abundaban en aquel lugar, pero hasta el más ebrio mantenía la boca cerrada en aquel momento.

Un hombre de aspecto amenazante, vestido con pieles negras y con una tripa abundante, que estaba sentado con sus camaradas de pinta ruda y hostil se les acercó, dejando a sus amigos sentados y poniendo su frente arrugada a la altura de la de Max, que era un palmo más bajo.

Todas las personas allí presentes se dedicaron a mirar hacia otro lado, pues conocían bien a ese hombre y como se las gastaba con quienes metían las narices en sus asuntos.

Max fijó sus ojos azules, tan claros y fríos como el hielo más puro, en los de aquel tipo, que sonrió mostrando algún que otro diente podrido. El calor que hacía dentro de la posada comenzaba a derretir la nieve de la ropa y cabeza de Max, algo que lo impacientaba, pues quería quitarse esos harapos antes de coger una enfermedad.

-¿Tienes algo que decirme? – Rompió el silencio sepulcral que se había formado en la taberna.

-La gente… habla demasiado… – balbuceó el grandullón. – Según he escuchado, dicen que buscáis un dragón en estas tierras.

-Así es. – Se limitó a contestar Max sin apartar la mirada de sus ojos marrones.

-Vaya vaya… – Miró a sus camaradas mofándose. –  Muchachos, tratad bien a estos dos vagabundos, antes de que salgan volando a lomos del mismísimo Senyr. – Golpeó con el puño cerrado la mesa que tenía más cerca mientras se echaba a reír.

-No tengo tiempo para esto. – Max dio un paso hacia delante, pero aquel hombre corpulento no se apartaba de su camino.

-Venga, venga, tranquilízate, – colocó una mano en el hombro de Max, el cual cerró el puño tan fuerte como le fue posible para aguantar las ganas de golpear a ese hombre que apestaba a alcohol. – todos estamos en el mismo barco… Oye, escúchame – se acercó a su oreja y le susurró – Da la casualidad de que yo tengo información del dragón, y por si fuera poco. ¡Una escama!

Los ojos de Max se abrieron de par en par. Que supiera sobre su búsqueda de un dragón no era nada de extrañar, pues nunca lo había mantenido en secreto, pero que recalcara la escama, le había pillado por sorpresa.

-Sí, no me mires de esa manera… – El grandullón arqueó una ceja. – y sé porqué estáis buscando a Senyr, pero me gustaría hablar esto en un lugar más privado…- soltó el hombro de Max, y volvió a sentarse con su gente. – Si queréis, claro…

Sin cambiar la expresión de su duro rostro, Max asintió, y comenzó a andar, con Oscar tras de él, hacia las escaleras de la posada que llevaban las habitaciones. Ambos entraron en la última puerta de la primera planta, que era la más barata, dado que las ventanas se encontraban sobre un montón de paja con el que se alimentaban los caballos de las personas que se hospedaban en la posada.

-¿Y? ¿Vas a hacer caso de ese gordo estúpido? – Oscar golpeó el marco de la puerta. – Si va tras la pista de Senyr, es nuestro enemigo, no nuestro amigo. Además, para qué demonios lo buscará ¿Eh? – Se colocó frente a Max- Hablando de eso compañero ¿Para qué lo buscamos nosotros…? – Max se quitó el arco de la espalda. -. Se supone que los dragones, o no existen, o se extinguieron hace siglos…

Mientras Oscar farfullaba dando vueltas sin parar de un lado para otro de la habitación, Max ya había guardado el arco de poleas en su funda de cuero curtido. Tiró la mochila en un rincón de la pequeña habitación. Se quitó las pieles marrones, que intentaba dejar colgadas de una columna de madera que sujetaba el techo de la humilde y fría posada, para que se secaran, dejando al descubierto un torso en el que podía distinguirse perfectamente cada musculo. Oscar lo miró con el rostro lleno de amargura, pues sabía que la enorme cicatriz que tenía en el pecho se la habían hecho al intentar protegerle. Escurrió su pelo negro y húmedo por la nieve derretida, lo peinó de modo que se quedara levantada solo la parte de la frente con lo demás hacia adelante. Se puso una de las camisas que tenía en el armario y cayó sobre la cama.

-Ese tío es un farsante, está claro. – Afirmó Max. – Pero de todos modos, te alteras demasiado. He podido escuchar perfectamente como desenfundabas el puñal debajo del abrigo. – Estaba molesto por el comportamiento de su amigo. – Siempre te pones en lo peor.

Oscar hizo un gesto con la mano quitándole importancia.

-Una escama eh… – Max se quedó mirando al techo lleno de columnas de madera colocadas en diferentes posiciones. Cuando Oscar terminó de cambiarse, a diferencia de su compañero, no se secó el pelo, pues no tenía ni uno.

-No creo que tenga una la verdad. Y si la tuviera – Oscar se rascó la cabeza -¿De qué le serviría?

-Tal vez sepa algo que yo no, – dejó caer Max mientras se incorporaba. – Oscar, deja las armas aquí, no la necesitaremos, por más corpulentos que sean él o sus amigos, nos las arreglaremos con las manos si es necesario, algo te habrán enseñado en La Cueva, ¿no? – Al terminal la última frase, Max sonrió a Oscar, que levantó el puño con firmeza.

-Algo…

Max se levantó de la cama  de un salto. Terminó de vestirse con unos pantalones negros que había tirados en la habitación y salió por la puerta, una vez más, con Oscar a su espalda.

En la puerta de la posada aguardaba uno de los hombres del gordinflón, que les hizo un gesto para que salieran fuera. Max miró al posadero, que estaba tras la barra sirviendo comida caliente a un nuevo cliente. Se acercó y le dejó cuatro monedas de oro sobre la barra. El hombre se limpió las manos en el trapo que usaba de delantal, y guardó las monedas en el bolsillo.

-Pensaba que íbamos a hablar tranquilamente. – Comentó Max al llegar frente al hombre de espesa barba marrón.

-Iremos a nuestro escondite. – El hombre abrió la puerta de la posada. -No es bueno que la chusma sepa más de lo que debe.

A Max no le gustó esa expresión, pero asintió. Los tres salieron fuera, donde aparte de una fuerte ventisca, los esperaba el resto del grupo. El grandullón se acercó a Oscar y le tendió la mano.

-Creo que no nos han presentado,- arrugó la frente. – mi nombre es Cinna. Cinna el señor de la nieve.

A Oscar le costó mucho contenerse para no soltar ninguna palabra de más.

-Mi nombre es Oscar, y el suyo es…

– Máximo, lo sé, he oído mucho acerca de él, pero de ti no sé nada “Oscar” – enfatizó con guasa.

Max se metió de por medio, alterando a los camaradas de Cinna, que llevaron sus manos a las empuñaduras de sus armas.

-Sabes su nombre, es más de lo que deberías saber, “Señor de la nieve” – se burló.

Cinna no se sintió ofendido, sonriendo dio media vuelta y comenzó a andar, con un gesto les indicó a sus hombres que ya era el momento de moverse.

 

No fue largo el trayecto, pero todos acabaron llenos de nieve hasta arriba. El tiempo había empeorado, y comenzaba a anochecer. El frío era tan intenso, que los mismos cristales de las ventanas donde se encontraban estaban llenos de escarcha.

-¡Bienvenidos! – Dijo el grandullón mientras se sacudía la nieve del abrigo de pieles negras. -Sentíos como en vuestra casa.

El lugar donde habían entrado estaba muy oscuro, cosa que a Máximo no le importaba demasiado, dado que estaba acostumbrado a cazar en la oscuridad de la noche. Podía distinguir una sola sala, sin más puertas que la principal, por la que acababan de entrar. Se percató de que en el centro de la sala, había rescoldos de una hoguera, y que en las paredes tenían colgadas las pieles de animales enormes, como osos y lobos imperiales. También pudo distinguir en una de las cuatro esquinas de la enorme sala, un montón de madera bien apilada que llegaba hasta el techo.

– Vamos, vamos, daos prisa y encended fuego, -Ordenó Cinna a sus hombres. – que al final nos moriremos todos esta noche.

Sus tres subordinados fueron al centro de la sala, removieron las cenizas que quedaban del último fuego y con ascuas medio extintas junto a un fuelle, avivaron un buen fuego en poco rato. Todos se sentaron en torno a él y fue Cinna el primero en hablar.

-Hablemos de negocios.- Miró a Max y se frotó las manos.

-¿Negocios? – Había algo que no terminaba de gustarle a Max, y Oscar se dio cuenta. -¿Qué esperas sacar de nosotros?

-Antes de hablar de nada, queremos ver la escama. – Dijo Oscar para sorpresa de su amigo.

Cinna se inclinó para calentarse bien las manos en el fuego, levantó la cabeza y miró al que le daba todas las órdenes, el barbudo.

-Jure, tráela. – Volvió a mirar a la hoguera con una sonrisa en sus labios.

Sin mediar palabra se dio la vuelta y llevó un pequeño bulto de cuero a las manos de su jefe. Este lo puso en el suelo con mucho cuidado, cosa que extrañó mucho a Max, pues sabía que las escamas de un dragón son indestructibles, algo que cualquier persona que tenga una debería saber.

-He aquí la preciada escama de Senyr, el dragón blanco. – Anunció triunfal. – Se que no es más que una pista, pero por algo hay que empezar. – Con gráciles movimientos de manos, Cinna intentaba ganarse la confianza de los dos amigos. – Lo único que me interesa es acabar con el dragón, para que mi nombre perdure hasta el confín de los días.

Los anillos que portaba el grandullón en la mano derecha no eran baratijas, a Max no se le pasaron desapercibidos. Sabía que pertenecían a alguien rico, muy rico.

-Sin embargo, os lo advierto. – El tono de su voz se volvió muy serio. -Si la tocáis con las manos desnudas, se os congelarán. Mucho cuidado.

Nadie notó el gesto que le lanzó Max a Oscar con la mirada, queriéndole decir que no hiciera caso de las palabras de Cinna, a lo que él asintió. El “señor de la nieve” abrió el bulto de cuero  lentamente, dejando a la vista un objeto del tamaño de una mano abierta con forma escariosa. Blanco, pero apagado, como si estuviera muerto.

A los ojos de Max, eso era un trozo de hielo prensado, con forma peculiar, pero nada más.

-Y dices que esto, si lo tocas…-El rostro de Max mostró exactamente lo que pensaba.- ¿Tiene el poder de helarte el cuerpo?  – Se frotó las manos al calor de la hoguera. – ¿Puedo probar?

Tan solo era una corazonada, si ese gordo de verdad tenía una escama de dragón y sabía algo que él desconocía, su mano dejaría de moverse para siempre. Pero la forma en la que Cinna pasó de tener una sonrisa a estar serio reafirmó la idea de Max.

-Puedes. – Invitó Cinna señalando la escama con la mano.

Max hizo el amago de tocar la escama, pero se lo pensó dos veces.

-Primero vamos a ver si cenamos algo, no me gustaría tener que coger el pan y el queso por separado. – soltó una carcajada.

Su anfitrión volvió a sonreír. Se limpió el sudor que había comenzado a caer por su frente y se levantó. Para ir a buscar algo más de leña con la que alimentar el fuego.

 

La comida entró en sus tripas tan rápido como salía del arcón donde tenían todo tipo de carnes. Todos estaban hambrientos y cansados, y la ventisca seguía azotando la aldea de Sienra.

Se relajaron un tanto mirando al fuego con el estomago lleno, hablando de trivialidades y algún que otro desliz con las mujeres en el pasado. Después de un buen rato calentándose en la hoguera, Cinna bostezó, se agachó y cogió el cuero con la escama en el centro, acercándosela a Max. Él lo miró a los ojos, estiró firmemente el brazo y sin mostrar ningún tipo de miedo abrió la mano para agarrar la escama.

Oscar le agarró la mano con fuerza, cosa que no esperaba ninguno de los allí presentes, incluido Máximo, que fue al que más le extraño la reacción de su compañero.

-Te la estás jugando demasiado. – los ojos marrones de Oscar se cruzaron con los de su compañero. – Necesito que sobrevivas hasta que volvamos a casa.

-Y sobreviviré, eso no lo dudes. – Contestó Max sonriendo.

Oscar soltó su mano, y Max siguió acercándose sin dudar, sin un solo temblor, hacia la escama. La agarró y la levantó, mientras miraba a Cinna fijamente a los ojos.

-Pesa bastante – Sonrió Max, haciendo que el rostro de Cinna se ensombreciera. – Está fría, no puedo decir que no, pero puedo seguir moviendo la mano perfectamente.

Cinna se levantó seguido por sus tres hombres, que ya no parecían amistosos.

-No te he mentido Máximo. – Se disculpó bajo la mirada de los amigos. – Es una verdadera escama de dragón, pero yace muerta desde hace cientos de años.

Max dejó la escama sobre el cuero en el que estaba envuelta al lado de la hoguera.

-Empieza a explicarte o nosotros nos iremos de aquí ahora mismo.- Máximo y su compañero se levantaron, lo que hizo que los hombres de aquel grandullón desenfundaran sus espadas cortas.

-Cuentan que eres muy bueno con las bestias Max. -El corpulento hombre desenvainó su mandoble lentamente. – Meras leyendas que algún bardo chiflado se dedica a difundir.

El fuego iluminaba parcialmente la sala, pero ya era completamente de noche, el temporal ya había amainado, pero el frío en Niaban era algo que nunca faltaba. Max no recordaba bien el camino que habían tomado para llegar hasta allí, debido a la intensa ventisca que apenas le permitió abrir bien los ojos en su trayecto.

– He escuchado chorradas acerca del arco que llevabas esta mañana, a la gente le gusta mucho exagerar… -Cinna abrió las manos con cierta cortesía. – He aquí mi petición: cooperemos para encontrar al gran dragón blanco, unamos nuestras fuerzas para llegar antes al final…

-¿O? – Escupió Oscar. – ¿Nos matarás aquí? ¿A sangre fría? – Cinna se volvió hacia él.

No le había prestado atención a aquel calvo en ningún momento desde que esta mañana entraron en la posada, pero se estaba hartando de que abriera la boca cuando a nadie le importaban sus palabras.

-Nadie os echará de menos, de eso no hay duda. – El grandullón clavó la punta de su arma en el suelo de madera. – Pero no, vosotros, en especial Máximo, sois mejores buscando rastros, colaborareis conmigo de un modo… – Soltó el mandoble, que se quedó inmóvil al estar clavado en el suelo y se quitó los anillos con calma.- U otro…

Oscar se volvió un segundo para mirar a Max con una frase en los ojos. “Te lo dije”. Su compañero se adelantó un paso con las manos en alto, vacías. El hecho de no llevar armas no alteró a los dos amigos que mantenían la calma bajo aquella situación, cosa que intimidó a Cinna, pero lo disimuló muy bien.

-Tranquilicémonos, – miró a Oscar, que relajó  los brazos.- todos. Para que empecemos a cooperar, tendrás  que decirme de dónde has sacado la escama. ¿No?

Max quería sacarle tanta información a aquel estúpido como fuera posible antes de que la conversación se tornase a un intercambio de golpes.

-Bien, ¡Bien! Así se habla. – Cinna se calmó un tanto, el error más grande que podía cometer. – Esta escama la sacamos del río más próximo a Itnen, uno de los pueblos más cercanos, hace un año. -Mostró todos sus dientes. – El que sacó esa escama del fondo del río murió a los pocos días por congelación, pero he de admitir que me fue muy útil.

-¿Y por qué dices que la escama está muerta?- Max no había comprendido esa expresión. – ¿Has visto alguna diferente…?

Cinna vio a lo que estaba jugando Max, pero decidió seguir contándole un poco más, mientras sus compañeros, se ponían alrededor de Oscar y Max.

-No soy tan estúpido como crees Max,- Con falso pesar colocó una mano en su pecho .- yo también sé que la escama de un dragón tiene ciertas propiedades que no pierde una vez es separada de su cuerpo. Pese a no haber visto nunca una, supongo que la escama de Senyr habría apagado la hoguera al ponerla tan cerca, un pequeño error por mi parte habértela mostrado ahí, pero la cuestión en realidad es… – Los hombres de Cinna ya estaban en posición, y estaban preparados para la orden de su jefe. – ¿Cómo es posible que llevando aquí pocas semanas, sepas tanto o más de los dragones y sus escamas que yo?

-En parte me guío por la intuición,- Max se rascó la barbilla – en parte por las leyendas que cuenta la gente y por otra parte más, por ciertos libros que se escribieron por los primeros cazadores de dragones que encontré por casualidad en algún lugar… – Esto último lo entonó de manera burlona.

A Cinna se le abrieron los ojos de par en par. Esos libros eran lo que le separaban de su ansiada gloria, de preservar su nombre y el de su estirpe por toda la eternidad, de ser el asesino de Senyr, el dragón blanco.

“Los llevará consigo siempre, estarán en la posada con sus pertenencias, ya no me hacen falta estos dos bufones” Pensó.

-Interesante… -Cinna acarició la empuñadura de su mandoble. – ¿Libros dices…? – Levantó su espada. -Supongo que serán algo valioso que no habrás traído a un sitio tan frío ¿No? Podrían dañarse.

-Claro que si,- Max sabía que aquel estúpido grandullón había caído en su trampa de lleno. – mañana te los mostraré si quieres…

-Oh, no es necesario, creo que… -Con el mandoble en alto se lanzó al ataque. – ¡LOS LEERÉ HOY!

Cinna saltó hacia adelante con la espada en alto lanzando un ataque, no muy difícil de esquivar. Max hizo una finta para esquivar el mandoble de su agresor, y al evitar el ataque, apoyó su espalda contra la de Oscar.  Ambos se encontraban en medio de la sala, con las manos desnudas y cuatro personas con las espadas en alto. Jure y Cinna frente a Máximo y los otros dos frente a Oscar.

-Estáis desarmados… – Escupió Cinna – y somos el doble ¿A qué jugáis?

Max se dio la vuelta y empujó a Oscar contra los dos que tenía delante haciéndoles perder el equilibrio a los tres. Jure fue el primero en lanzarse a por su objetivo, que esquivó la primera estocada moviéndose a la derecha, y la segunda con un giro sobre el suelo, se acercó a la lumbre en cuestión de segundos y cogió uno de los palos que estaban ardiendo, por el extremo que aún no se había prendido.

Gritando, Cinna le atacó por la espalda usando su mandoble cual lanza para ensartar las tripas de Max, que, con la mirada fija en Jure, volvió a rodar por el suelo una vez más, y mientras este levantaba el brazo para cortar a Max, este lo golpeó con el palo en llamas en toda la cara haciéndole gritar de dolor, soltando la espada y llevándose las manos a la cara horrorizado.

Después de ser lanzado contra sus dos oponentes, Oscar maldijo a Max, se levanto muy deprisa y alzó los puños. Ellos se quedaron mirándolo un poco descolocados, y se echaron a reír, algo que no le sentó nada bien a Oscar.

Empezó a respirar con fuerza apretando y relajando los puños, y con un grito que inundó la sala, saltó contra el primero, que tenía una enorme cicatriz en la cara. Al ver a Oscar saltar, se defendió con la espada, pero no tardó en soltarla, pues Oscar le estaba propinando puñetazos en la cara, uno tras otro, sin cuartel, el primero en la nariz, el segundo también, tercero, cuarto… La sangre salía a borbotones de su destrozada nariz. Cuando quiso tirar la espada y cubrirse con los brazos ya era tarde, Oscar encontró un pequeño hueco por donde meterle los puños hasta las costillas, y de tres golpes más, cayó de rodillas sin poder hacer nada. Su compañero no  osó enfrentarse a Oscar, que lo miraba fijamente.

Solo quedaba Cinna en pie, pero no se sentía intimidado ni mucho menos. Agarró fuertemente el mandoble y lo levantó a la altura del cuello, mirando tanto a Oscar como a Máximo, sin perderlos de vista.

-Es una estupidez – intervino Max.- Esto se acabó Cinna, nosotros nos vamos a ir por esa puerta, y vosotros podéis intentar curar a los heridos…

-¡Que les jodan! – Gritó Cinna. – ¡Esto no acabará mientras yo siga en pie!

Oscar ya se estaba empezando a relajar, miró a Cinna a la cara y se dio la vuelta para tener controlado al compañero que le quedaba al gordo que salió del lugar asustado.

-!AAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHH¡ – Cinna perdió la poca paciencia que le quedaba mientras observaba como uno de los suyos salía con el rabo entre las piernas y saltó sobre Oscar, que no se dignó a dar media vuelta.

Haciendo gala de su tremenda agilidad, Max se agachó, agarró la escama de dragón con la mano abierta y girando sobre sí mismo, golpeó la cara de Cinna con toda su fuerza, partiendo la escama en cientos de trozos que cayeron al suelo junto al gordo con la espada más grande que el.

-Ahora esa escama está muerta del todo – se burló Max.

Cinna clavó la espada en el suelo, para tener un apoyo con el cual levantarse. Un golpe como ese no era nada para él, respiró mirando a los dos compañeros fijamente, se incorporó y  esta vez fue a por Max, que estaba preparado para acabar con esto de una vez por todas.

Esquivó el ataque de Cinna sin ningún problema, se acercó a la hoguera de nuevo y dándole una patada a la madera que estaba ardiendo hizo que saltaran unas cuantas ascuas sobre el cuero donde tenían la escama de dragón.

Se zafó  del segundo ataque y empujó al gordo para desequilibrarlo unos segundos, se agachó para coger el cuero con las ascuas en el centro y pasando entre el tercer ataque de Cinna, se colocó frente a él, a menos de un palmo de distancia, y abriéndole el abrigo, metió el cuero con las ascuas por dentro de su ropa obligándole a soltar la espada para quitarse las ascuas de encima.

En cuanto le quitó el ojo de encima a Max para intentar sacarse las ascuas de la ropa, este echó para atrás el puño y golpeó el pómulo derecho del gordo con tanta fuerza como le fue posible, haciendo que se desplomara contra el suelo cual árbol recién talado.

 

 

Aquí tenéis el primer capítulo de mi libro Cadenas : La aventura. Subiré los cuatro primeros capítulos para que podáis echarle un ojo a esta novela tan especial para mí. Espero que os guste y que me apoyéis para continuar dando rienda suelta a mi imaginación y así poder escribir la segunda parte.

Un saludo y gracias por todo.

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